Cerremos Garoña

Lo anunció Fernando Arrabal el siglo pasado en un programa de televisión que ha pasado, con justicia, a los anales del dislate: “el milenarismo va a llegar” (en realidad dijo “el mineralismo”, a causa de un lapsus en el que el exceso de güisqui tuvo algo que ver).

Trabalenguas aparte, tenía toda la razón y lo cierto es que nuestra sociedad, con el inestimable apoyo de la prensa sensacionalista (que es casi toda), de políticos oportunistas (que son muchos) y  con la colaboración que supone esa sobredosis informativa acrítica de internet, vive un apocalipsis al año, como mínimo.

El pasado, por ejemplo, íbamos todos a morir por una pandemia de gripe A cuya extensión pudimos seguir con inmediatez demencial. Pudimos saber a cuánta gente le subía la fiebre en Laponia cada diez minutos. Algo maravilloso para la estabilidad emocional de los sufridos hipocondríacos.

Al final la humanidad sobrevivió a su trimestral apocalipsis, las farmacéuticas se hicieron más ricas, si cabe, y los medios informativos facturaron a gusto, porque cuando el fin del mundo se acerca se venden más periódicos.

El milenarismo que anuncio Arrabal, con videncia de beodo, llegó hace años y éste nos ha ofrecido un nuevo apocalipsis con el que tenernos en vilo, vender periódicos y tomar decisiones políticas oportunistas, irracionales y gravosas para la sociedad. Esta vez se trata de una reedición del apocalispsis nuclear, que es el que más mola, porque es una forma especialmente perversa, como veremos a continuación, ya que incluye todos los elementos para conformarse como el fantasma perfecto: no se ve, no se nota, te penetra sin que te enteres, te mata poco a poco, y si no te mata, te matará tarde o temprano.

Un terremoto da menos miedo, porque es un fenómeno local, aunque se acompañe con tsunami, y por ello se consume y se digiere de forma rápida. Una vez hemos visto los efectos, y que estos los padecen, por poner un ejemplo, los japoneses, que viven muy lejos, deja de tener su efecto atemorizante. No es fácil vivir en Cuenca, por ejemplo, y tener ansiedad a la llegada de un tsunami.

Pero, ¡ay lo nuclear!, eso sí que acojona. Sale la nube tóxica, se desplaza por el viento, se traslada 13.000 kilómetros y, sin que puedas evitarlo, te ataca, de forma insidiosa, cuando estás tomándote un cocido en Ucieda. ¿Hay algo más terrorífico?.

Y si la nube japonesa decide ir, por ejemplo, hacia Siberia, siempre nos queda el temor a que un terromoto de escala 9 (improbable), o un sabio loco que aprieta el botón equivocado (al estilo de Chernóbil), haga saltar por los aires una central nuclear próxima y nos envíe una nube de plutonio, cesio, uranio y no sé cuántas cosas más directamente sobre nuestros desprotegidos cuerpos.

No importa que estos temores nos asalten mientras esperamos el autobús en su parada, tragando residuos de gasoil de los coches, o que leamos semejantes profecías con un tranquilizador cigarrito en la boca, mientras degustamos un bocadillo de chopped de cerdo alimentado con una mezcla de excrementos y piensos transgénicos. Da miedo y punto.

La energía nuclear da mucho miedo: no huele, no tiene sabor, no se la ve, ni se la nota.

No parece consolar que en el tercer accidente más grave de la historia de la energía nuclear civil, el de la central americana de Three Mile Island (Harrisburg), no hubiera ni un solo muerto atribuible al incidente, ni a corto ni a largo plazo, o que en Chernóbil muriesen casi exclusivamente los afectados por la explosión inicial y muchos de quienes trabajaron en primera línea para sellar los restos del reactor, a pesar del gigantesco cúmulo de negligencias y calamidades que produjeron el accidente y que guiaron las posteriores acciones de liquidación de la radiación.

Si lo comparamos con otros accidentes industriales, no es, ni de lejos, el que ha tenido un mayor precio en vidas humanas ni en posteriores secuelas para la salud de las poblaciones, y eso que fue producto de un cúmulo gigantesco de negligencias, imprudencias y torpezas inexplicables.

La historia de Chernóbil merece capítulo aparte, pero de momento centrémonos en el fin del mundo que toca esta semana y que viene de Fukushima.

Japón está muy lejos, pero no lo suficiente, porque la radiación viaja que da gusto, así que mientras llega el fin del mundo, lo suyo es ir cerrando Garoña, donde nunca ha pasado nada ni es probable que pase, para tranquilizar a la población, a la que previamente hemos asustado a base de exageraciones acientíficas y mentiras interesadas; pues aunque el fin del mundo esta semana viene de Japón, no vaya a ser que no pase nada y acabe cayendo un meteorito en Burgos, estalle el reactor y nos salgan terribles mutaciones.

Miren, miedo, lo que se dice miedo, a mi me lo producen, mucho más que los apocalipsis nucleares, los políticos que por motivos electorales decretan cierres de centrales sin motivo, o los que ordenan inspecciones oportunistas de seguridad (¿es que acaso no eran seguras antes del tsunami de Japón?), o los que nos van a hundir más en la miseria reduciendo nuestra capacidad energética en el peor momento posible simplemente porque ha habido en el otro extremo del mundo una catástrofe natural “perfecta” que ha puesto en riesgo una instalación similar.

Cerremos, pues, Garoña antes de que sea tarde. Mandemos a cientos de familias al paro y volvamos al muy seguro sistema de generar electricidad quemando carbón, gas o petróleo, que eso sí que mata, pero, por lo menos, lo notas en los bronquios y no te salen niños con ocho brazos como si fuesen peludines.Yo, como buen escéptico,  no tengo miedo a los fantasmas, pero tengo verdadero terror a la factura mensual de la luz. Eso sí que produce un terror cierto del que nada ni nadie te puede salvar.

Y mientras nosotros y nuestras empresas pagamos la luz a precio de oro, mientras nuestro país importa electricidad que no produce a los “irresponsables” de los franceses (que tienen la tontería de 23 centrales nucleares con 59 reactores) siempre nos queda el consuelo de pensar que, en el improbable caso de que el apocalipsis nuclear suceda, es porque va a venir de parte de los cabrones de nuestros vecinos, a los que también les va a pillar, sólo que mientras degustan ostras en La Rochelle, que siempre es mejor a que te pille una nube de plutonio en la cola del paro, que eso sí que es el colmo del infortunio.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Cerremos Garoña

  1. evdesec

    Nada más editar este post, veo con asombro una concentración ecologista en televisión. En ella un imbécil dice: “Garoña y Fukushima tienen característitcas similares. ¿Qué impide que ocurra un siniestro similar? en nuestro país?”.

    ¿Quizás lo impide que en Burgos no es probable un tsunami?. Lo que hay que ver. Entre Pepiño hablando de “guerras güenas y guerras malas” y toda esta gente manipulada, dan ganas de exiliarse al Polo Sur.

    Titular de La Cuatro: “Siguen los problemas en Fukhusima. Ya se calculan más de 10.000 muertos”. Viva la objetividad informativa.Tela marinera.

  2. Aparte de alegrarme un montón ver que el lector de feeds de este blog vuelve a activarse, el post me parece un retrato tan crudo como certero de la imbecilidad en la que vivimos.

    Nosotros somos el milenarismo.

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