Archivo mensual: abril 2010

Vaya semanita

Llevamos una semanita que es tela marinera, de ésas que no te llega la camisa al cuerpo. Menos mal que no es verano,  porque  he escuchado tantas mentiras y bobadas que me la he pasado con la boca abierta. Si esto ocurre en Agosto no sé cuántos mosquitos me hubiera tragado.

El lunes comenzó la “semana asombrosa” con una intervención del Consejero Agudo en el Parlamento de ésas que merece la pena enmarcar. Interpelado por nuestra portavoz de economía, Cristina Mazas, sobre el documento de reequilibrio financiero, respondió con un espectacular mitin rancio, plagado de demagogia y mentiras groseras.

Nos habló de lo que “piensa la izquierda” sobre la situación económica y el recorte de prestaciones sociales, y una voz anónima le increpó, con bastante fundamento: “vale, eso es lo que piensa la izquierda, ahora dinos lo que piensa el PSOE”.

Inasequible al desaliento, Agudo siguió hablando sobre cómo defiende hasta el último aliento los derechos sociales, pero no nos explicó cómo cuadra ese mensaje con los recortes que su gobierno ha planteado al Estado para equilibrar las cuentas: recortar las ayudas a las madres, recortar las subvenciones a los libros de texto, el incremento del copago de las prestaciones por dependencia (especialmente a aquellos con menos recursos), o el recorte del gasto farmacéutico.

Tampoco nos explicó nuestro excomunista preferido cómo de social es un gobierno que recorta prestaciones sociales para cuadrar las cuentas, pero mantiene sin recorte significativo el entramado de empresas públicas, los salarios de los altos cargos y otros directivos que han proliferado como las setas en primavera.

También hizo una loa a la visión de la “izquierda” sobre la justicia de la progresividad en los impuestos, aunque él proponga más carga impositiva lineal y defienda el incremento del IVA.

No parece muy progresivo eso de incrementar el IVA, ya que lo mismo paga un parado que un banquero, ¡menuda progresividad!.

También nos explicó una nueva teoría de la deuda, que ahora se llama “pacto generacional” (es un fenómeno este profesor de marketing en eso de poner nombres bonitos a las tropelías). El pacto generacional consiste en empufarse para hacer ahora obras y que las paguen, si pueden, las generaciones venideras.

Los pactos suelen ser acuerdos entre varias partes, pero a los niños no creo que nadie les haya preguntado si están de acuerdo en que Revilla endeude la región hasta la médula para que otros niños estudien en inglés en Comillas, por poner un ejemplo. “Niños del mundo”, por cierto, que no pagarán el pufo, que de eso se encargarán los chiquillos de Cantabria, aunque sigan estudiando en el colegio de su barrio de toda la vida, y no caten las maravillas de nuestro elitista colegio del mundo mundial.

Pasado el trago de escuchar las mentiras de Agudo, llega el martes y leo en la prensa que nuestro manchego más admirado -después de García Baquero-, es decir, Almodóvar, justifica que nunca, hasta ahora, dijo ni “mú” de Franco y su régimen porque con su silencio hacía rebeldía activa. Ya se sabe, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

Así que nadie piense que era canguelo, ni complicidad, era su peculiar y valerosa forma de rebelarse. Esto aclara muchas cosas, como la actitud de esa gente que ve como apalean a una niña en el metro y mira para otro lado en vez de echar una mano (al cuello del agresor). No es cobardía, ¡qué va!, es desprecio. Se mira a otro lado para que el agresor sepa hasta qué punto nos ofende su actitud. ¡Hay que joderse con el antifranquista impávido!.

Otros, menos valientes y más torpes, pusieron el grito en el cielo y les mandaron una temporada al Dueso por voceras, o tuvieron que salir por patas a la frontera, con lo eficaz que hubiera sido aplicar la resistencia pasiva de Almodóvar. No se puede tener la cara más dura ni el coraje más blando.

Y el miércoles, cuando ya había conseguido cerrar la boca y se me empezaba a quitar la cara de panoli, me encuentro a Doña Maravillas Rojo, la Secretaria General de “Desempleo” (hay nombres que son toda una premonición) diciendo que los “datos del desempleo que ha comentado Zapatero en el Senado no existen”.

¡Toma ya!, como en el chiste aquel de la llamada telefónica:

–         Oiga, ¿es la casa de Fernando?

–         No, señor, aquí no tenemos teléfono.

–         Ah, menos mal que llamaba con un cazo.

Igualito, sí señor, Zapatero comentando datos que no existen y sus señorías debatiendo con un cazo.

Maravillas en el país de las maravillas, de película se está poniendo la cosa.

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De pollos y plumas

Esta semana el opio del pueblo del siglo XXI, -es decir, la televisión-, ha mostrado algunos momentos admirables, de esos que por si solos justifican el dedicar unos minutos al día a asomarse a esta ventana surrealista.

El que más he disfrutado ha sido el rifirrafe entre Pedrito Ruiz y Maria Antonia Iglesias. Sobre todo por lo que tiene de experimento sociológico.

No es que Pedro Ruiz sea santo de mi devoción, pero he de reconocer que esta aparición televisiva le ha redimido a los ojos de casi todos los españoles (entre los que me incluyo), haciéndonos olvidar, incluso, sus incursiones en el mundo de la música (que más que meras incursiones eran auténticas campañas de aniquilación).

No voy a comentar el enfrentamiento en cuestión, ya que lo ha visto todo el mundo, sino el panorama después de la batalla, que es lo realmente interesante.

Desde hace años me abruma una duda existencial sobre cuál es el personaje más profundamente odiado por el vulgo en general.

Tenía mis dudas entre varios candidatos, todos ellos sobradamente capaces de sacar de nosotros ese Freddy Krueger que llevamos dentro. Tras mucho pensarlo, llegué a la conclusión de que había un empate técnico, prácticamente imposible de dilucidar, entre Ramoncín y María Antonia Iglesias.

Imposible saber a quién galardonar como personaje más repelente del panorama audiovisual. Ambos han hecho méritos más que destacados, y era necesaria una prueba empírica que decantara la balanza en uno u otro sentido, pero no llegaba…

Hasta que un buen día vino Pedro Ruiz para acabar definitivamente con tal dilema, y lo hizo a lomos de una pregunta puramente retórica: “¿Es usted puta o no es puta?”. Nadie en este país tiene ninguna duda sobre el carácter metafórico de la cuestión, ya que no es precisamente una profesión en la que seamos capaces de visualizar a la citada periodista. Es más, diría que ni somos capaces ni deseamos visualizar tal imagen.

Planteada la cuestión por Don Pedro, se lió la de San Quintín, con el desenlace por todos conocido. Hecho pues el experimento,  sólo quedaba ver los resultados, y para ello nada mejor que perder un poco de sueño leyendo los comentarios en la prensa digital y sacar conclusiones demoscópicas.

Y la conclusión principal es que en este país, tan proclive a las divisiones en temas de opinión, donde es tan extraño encontrar opiniones unánimes, la Señora Iglesias ha conseguido un excepcional consenso.

No voy a negar que de la lectura de tales comentarios se deriva,  sin duda alguna,  que Ramoncín ha perdido el combate final por el trono a “personaje más vilipendiado de España” por goleada.

Pedro Ruiz, -que me temo que tampoco era persona de concitar grandes adhesiones a su persona-, ha conseguido, por idéntico motivo, un reconocimiento, un afecto y una empatía que roza lo insólito.

Entre los calificativos que me he permitido recopilar, bien por su ingenio, bien por su mala leche, hay algunos de enmarcar (Fuente: El Confidencial. com. http://foro.elconfidencial.com/foro/3702/45/ASC/pagina/1):

 -saco de maldad torticera.

-aguerrida albóndiga, maligna, sectaria y posesa.

-mueca andante que eructa pus

-sapo bolchevique

Y un sinfín de calificativos, más o menos ordinarios, que, por supuesto, no comparto, aunque alabe su ingenio.

Lo más sorprendente, sin duda, es la total ausencia de comentarios favorables, demostrando, como dije al principio, que la Señora Iglesias es todo un símbolo de la unidad de España. Muy por encima del Rey, el himno, o la bandera y a la par de otros iconos como la Selección Española de Fútbol o la tortilla de patatas.

No todo el mundo puede presumir de semejante logro.

El otro momento televisivo de caerse los palos del sombrajo surge a raíz de las científicas declaraciones de nuestro admirado Evo Morales en relación con el consumo de pollo transgénico y la homosexualidad.

Hasta la fecha no sabíamos de la relación entre comer pollo y echar pluma, y el Presidente boliviano nos ha dejado con múltiples interrogantes. ¿Son los efectos de tal dieta reversibles a medio o largo plazo modificando los hábitos dietéticos, por ejemplo, sustituyendo el pollo por conejo o por almejas a la marinera?. Esperamos que los científicos del país andino nos resuelvan ésa y otras dudas. Mientras tanto, por si las moscas, nos pasamos al lomo adobado.

A raíz de esa nueva teoría sobre la sexualidad humana, asistimos a ese momento “all brand” en el caos televisado que presenta un presunto consumidor masivo de pollo, el tal Jorge Javier Vázquez, donde otro Vázquez, Don Jesús, negó cualquier fundamento científico a la teoría de Don Evo, con el argumento irrefutable de que él no era gay porque le gustase comer pollo, sino porque le gustaba comer  “pollas”.

En principio pudiera parecer un poco explícito para el horario infantil, pero, para qué engañarnos, los niños de hoy día no se escandalizan así como así.

Para que luego digan que la televisión es aburrida.

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Desagravios

En el Diario Montañés de hoy, jueves ocho de abril, aparece una columna de opinión firmada por Manuel Solana Gómez, miembro de la ejecutiva del PRC, que se titula, ni más ni menos, que “Desagravio”.

Esta columna, cuya lectura recomiendo, tiene la virtud de fijar, con precisión milimétrica, el contexto ideológico de los promotores de desagravios, en general. Dice el autor perrecero:

“Quienes tenemos memoria y años aún recordamos aquellos desagravios y adhesiones multitudinarias de la Plaza de Oriente de Madrid por los ataques hechos al Gobierno de España desde “apartados” rincones del mundo donde triunfaba la oscura democracia. Con los años vimos que entonces casi todos teníamos miedo a la libertad, es decir, a nosotros mismos. Hoy resulta patético recordar los gestos – de las voces mejor no hablar-, que salían de áquel balcón principal envueltas en el calor tiritante de frío de aquellos miles de corazones gritando de puro miedo. Desde aquello no entiendo de desagravios colectivos”.

Pues lo ha clavado, oiga. No había caído en que el antecedente directo de los actos de desagravio está, precisamente, en los tiempos del NODO, cuando el Señor Caudillo concentraba en aquella plaza a los incondicionales del bocadillo, confundiendo (o pretendiendo confundir) agravios a un régimen dictatorial con agravios a la nación española, que como todo el mundo sabe, no es lo mismo, ni mucho menos.

Dice el tal Señor Solana que “desde entonces” no entiende de desagravios colectivos. Yo en eso le gano, porque yo, YA ENTONCES, no entendía de tales disparates, motivo por el cual ni pasé “calor tiritante de frío”, ni me comí bocadillos de mortadela envueltos en papel del régimen.

Realmente, algo de otros tiempos queda en el subconsciente de alguno, cuando a una resolución judicial provisionalmente favorable (aunque aún pendiente del examen de  nuevas pruebas) se contesta con un acto de desagravio colectivo, papeo incluido y para mayor gloria del caudillito de turno.

Lo que daría alguno que yo me sé por tener estatua ecuestre, aunque sea montando un burro. Yo, por mi parte, la próxima vez que le gane un recurso a una multa de tráfico, me monto un desagravio en la Comunidad de Vecinos, porque en este país si algo tenemos es memoria histórica y los desagravios forman parte de nuestro acervo cultural, como las castañuelas, el despeñar cabras desde campanarios, o el echar lapos en la acera.

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