Y otro eterno debate

En estos días parece haberse reabierto el debate sobre la prostitución en España. Un problema extraordinariamente complejo que nadie parece querer abordar y que surge, como el Guadiana, cada cierto tiempo.

Simplificando, podemos decir que hay dos posturas básicas al respecto: quienes defienden la “abolición” de la prostitución,  y quienes defienden su regulación, como una actividad laboral más.

A diferencia de otros debates –la fiesta de los toros, las drogas- en los que es relativamente fácil  posicionarse, lo cierto es que la complejidad del mundo de la prostitución en los países desarrollados tiene tantos matices, que es sumamente difícil tomar postura.

Los abolicionistas, que básicamente defienden la represión de la prostitución en todos sus aspectos, argumentan que esta actividad representa la última forma de esclavitud de las sociedades modernas, con el agravante de que las víctimas son, fundamentalmente,  mujeres, casi siempre inmigrantes, casi exclusivamente de baja extracción social, y, a menudo, objeto de tráfico ilegal, malos tratos, y cuantas canalladas se nos pasen por la cabeza.

Eso es así en la mayoría de los casos, nadie lo duda, aunque existen excepciones, pues hay una prostitución, generalmente de cierto nivel económico, en la  que las personas que desempeñan ese trabajo lo hacen por libre voluntad, ya que es una actividad altamente remunerada, y, por ello, una opción laboral que depende exclusivamente de la libertad individual.

Por otra parte, si bien es cierto que la prostitución de mujeres con varones heterosexuales es, con diferencia, la parte mayoritaria del negocio, y por ello no es erróneo vincular prostitución con violencia machista; tampoco es menos cierto que existen formas de prostitución que afectan a hombres, especialmente en el ámbito homosexual, aunque también existe una oferta masculina heterosexual -francamente minoritaria-.

Ante la complejidad del problema, la mayoría de los países han adoptado  una actitud permisiva que podemos definir como “alegalidad”, y sólo unos pocos países (en el mundo desarrollado) se han atrevido a afrontar la situación dotándose de una normativa que protege a quienes se dedican a la prostitución y penaliza las prácticas delictivas que se amparan en un mundo con una gigantesca demanda, pero que no tienen ninguna regulación por el lado de la oferta.

No hablamos, en absoluto, de una práctica minoritaria. No hay más que ver los anuncios en la prensa y la proliferación de clubs a lo largo y ancho de la geografía para darse cuenta de que hablamos de un negocio alegal, pero con una enorme demanda, cuya oferta está, básicamente, bajo el control de organizaciones criminales.

Con estas premisas, abolir es una utopia. Generalmente, cuando existe una fuerte demanda de un producto, los mecanismos de represión contra su oferta favorecen a las mafias. Donde hay tanto potencial beneficio, siempre hay organizaciones sin escrúpulos dispuestas a asumir el riesgo, a comprar voluntades, y a realizar todo tipo de actos repugnantes, desde la extorsión hasta el secuestro y el asesinato, pues si hay algo que sobra en este mundo es miseria, y, por tanto, posibilidades de reclutar la carne de cañón con la que abastecer estas organizaciones delictivas.

Y si abolir es imposible, porque la represión retroalimenta el problema y genera aún más incentivos  ( en forma de beneficios) a los criminales para desarrollar su actividad, habrá que empezar a pensar que el debate es falso. Porque no hablamos de elegir entre abolir o regular. Abolir es una opción irreal. Por tanto,  sólo nos queda la opción de pensar los mecanismos que conviertan esta actividad en una actividad normalizada.

La otra opción (porque hay una tercera vía) es la actual: mirar hacia otro lado y dejar que todo este sector se autorregule como lo hace hasta ahora, es decir, pisoteando los derechos y hasta la vida de millones de mujeres en el mundo, que con frecuencia no sólo son las víctimas de los criminales, sino las víctimas, a su vez, de los mecanismos de represión de la actividad que han sido obligadas a desempeñar, salvo raras, muy raras, excepciones.

Abolir significa hacer la actividad aún más clandestina, y, por tanto, perder todavía más capacidad de proteger a las víctimas, porque la prostitución va a seguir existiendo, de éso que a nadie le quepa la menor duda.

De momento Bibiana Aído está por prohibir los anuncios de contactos en la prensa, porque “son de muy mal gusto”. Eso se llama “coger el toro por los cuernos”. No sé a dónde vamos con esta tropa.

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1 comentario

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Una respuesta a “Y otro eterno debate

  1. Cecilio

    Estimado Eduardo, estoy de acuerdo contigo en que la prostitución hay que regularla, en todo caso lo que no se puede mirar es para otro lado. Sino que se lo pregunten a los santanderinos que viven entre las calles Lealtad, Cadiz y Calderon de la Barca. Noches de trafico sexual, a cargo de transexuales , prostitutas y camellos con la consiguiente falta de seguridad para el ciudadano de a pie.Como todo este tinglado empieza antes de las 10 de la noche, cantidad de menores ven y viven la situación ante la impontencia de sus padres, que ven vulnerados sus derechos y los de sus hijos.
    Por tanto, si a favor de la regulación, y que estas actividades se desarrollen en locales, donde las prostitutas cuenten con un minimo de garantias, de servicios y sobre todo de seguridad.

    Un saludo

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