Puños y puñetas

Eso dice Pérez Rubalcaba: que cada uno levante lo que quiera.

Habría que ver la que se hubiera liado si en un acto del Partido Popular, con el Presidente al frente, a alguno –aunque sólo fuera uno- se le  hubiera ocurrido  levantar la mano para ejecutar el saludo fascista.

Dice Rajoy, con toda la razón, que algo así es impensable, entre otras cosas porque en el Partido Popular ese tipo de liturgias no tienen cabida. Quienes sienten nostalgia por esos tiempos y esos símbolos están en otras formaciones políticas, como todo el mundo sabe.

La foto del otro día, la del acto socialista, a mí, personalmente, más que ofenderme me provoca risa. Porque ver a Pajín o a Bibina –o a cualquiera de esta muchachada de la izquierda de diseño que dirige el “nuevo” PSOE- haciendo el gesto internacionalista que simbolizaba la lucha de clases, induce a la carcajada.

Doña Leire, la de los mil sueldos, en pose pasionaria, más recuerda a una fiesta de disfraces que otra cosa. Es como cuando nuestro Consejero Agudo se baja del Jaguar y nos habla de la equidad y la solidaridad, o de que la crisis la paguen “los ricos”. Son cosas que dan mucha vergüenza ajena.

Más preocupante es ver en tal escena al Presidente Zapatero, y mucho más escuchar el mitin rancio en el que arremetió contra los empresarios, para regocijo del público ugetista que poblaba la campa.

Sólo nos faltaba que en las circunstancias actuales, los empresarios se conviertan en el problema señalado por el gobierno, cuando son, guste o no, parte esencial de la solución.

Arrear palos a los empresarios y levantar el puño era lo que más nos molaba en el 73, pero eran otros tiempos. La dictadura agonizaba y los más jóvenes –hartos de tanta carcundia y de la falta de libertades-, nos identificábamos claramente con el ideario marxista, simple y llanamente porque era el enemigo natural de nuestra dictadura.

Luego la historia desveló qué regímenes tan monstruosos habían crecido en lo que muchos –jóvenes idealistas e incautos- creíamos que era la panacea comunista. No tenían nada que envidiar a los regímenes totalitarios fascistas, y, en ocasiones, incluso les superaban en brutalidad y ausencia absoluta de derechos y libertades.

Ni siquiera fueron eficientes económicamente, como luego hemos visto de forma harto elocuente, tras la caída del muro de Berlín.

El PSOE de Zapatero es un partido en un claro proceso de involución, que recoge símbolos e idearios trasnochados, no porque crea en ellos (al menos eso espero), sino porque creen que son útiles para captar un determinado electorado.

Por eso llevamos legislatura y media con un gobierno revisionista, que mira hacia atrás, en vez de mirar al futuro, que es básicamente lo que a todos nos importa.

Lo hace de forma irresponsable, porque cuando España necesita un amplio consenso en el que los empresarios son una parte esencial, no parece inteligente andar tocando los cojones. Claro que inteligencia y Zapatero son términos, en si mismos, absolutamente contradictorios.

Zapatero es el típico producto progre de su generación, cuya principal aportación a la salida de la dictadura debe ser la de haber corrido delante de unos grises que, a esas alturas, tenían bastante menos peligro que los toros de Ampuero (más o menos, esa aportación fue la de la mayoría de los que hoy peinamos canas, porque los que se jugaban el tipo eran unos pocos, y eran otros, como mi hermano Arturo, que tuvo que salir “por  pies” hacia Francia).

Pero le encantan los gestos, como aquel de sentarse ante la bandera americana, que le llevó a pasar varios años suplicando el favor, la foto, e incluso la leve sonrisa del malo malísimo (en realidad, tonto, tontísimo) de Bush.

Este gobierno no tiene futuro, así que es normal que se refugie en los ritos del pasado, y a los demás nos queda el verlo con una mezcla de incredulidad y cachondeo.

Pajín, ese "peaso" de luchadora proletaria

Muy famélica la legión no parece que esté

Por cierto, hablando de gente que se disfraza, ¿dónde están los del “no a la guerra”?. No sabía yo que matar afganos era políticamente más correcto que matar irakíes. Dicen que estamos en misión humanitaria, pero a estas alturas más parece que estamos legitimando un pucherazo a las puertas de una más que probable guerra civil.

En EEUU hay ya una cada vez más fuerte corriente de opinión en contra de la intervención en Afganistán, que bien podría convertirse en el nuevo Vietnam. Todavía recuerdo como el poderoso ejercito de la Unión Soviética sufrió en ese país una de sus más dolorosas derrotas, con miles de bajas, para nada.

Pero Zapatero hará lo que le diga Obama, con la ventaja de que, gracias a la famosa “superioridad  moral de la izquierda” no tiene que aguantar las iras que Aznar sufrió por su presunto seguidismo de Bush. Es la ventaja de tener a los corifeos de tu parte.

La diferencia es que entonces teníamos un papel protagonista en la escena internacional, y en el juego de alianzas es en el que se podría entender nuestra participación en aquella guerra estúpida, mientras que ahora somos unos pringadillos obedientes a la espera de una palmada y una caricia, a cambio de contingentes militares.

La política exterior es muy perra, que se lo digan a los británicos que han tenido que soltar a un desalmado criminal por razones “humanitarias”, porque nada hay más humanitario que proteger los intereses comerciales de la nación, parece ser.

A mí me gusta mucho más Obama que Bush (no tiene mérito, porque Bush no me gusta nada de nada), pero uno y otro estarían en algo de acuerdo: a ambos les daría el mismo “repelús” ver a Fiona Pajín con el puño en alto. Que para eso los americanos son muy suyos, me consta.

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