Mis críticas de cine: 10.000 a.c. (más o menos)

Siempre me han gustado las películas históricas. De hecho pertenezco a esa nutrida generación de arqueólogos que descubrió su vocación en la infancia, gracias a ese clásico del cine prehistórico que es “Hace un millón de años”, donde una indescriptible Rachel Welch lideraba una horda paleolítica de rubias en bikini de piel de león de las cavernas, que era, por lo menos, tan merecedora de catalogación de Patrimonio de la Humanidad como las cuevas de Altamira, sino más.

Desgraciadamente en la Facultad comprobé que el Paleolítico era otra cosa muchísimo menos estimulante, pero ya era tarde.

Rachel

Hace un millón de años habitaba la tierra el homo erectus. Viendo a las prehistóricas no es de extrañar.

Rebuscando entre las películas de mi sobrino encontré un título la mar de sugerente: “10.000 B.C.” (es decir, 10.000 before Cristo, que quiere decir, como todo el mundo sabe, 10.000 antes de Cristo). ¡Una película sobre el final del Magdaleniense y dirigida por Roland Emmerich, experto en truños del pelo de “Independence Day” o “Godzilla”!, la cosa promete.

Y doy fe de que no salí defraudado. De hecho, tras su visionado, me queda sólo la duda de si lo de 10.000 se refería a la época en que se ambienta la cinta o al número de porros que se fumaron los guionistas en la elaboración de esta “fidedigna” reconstrucción prehistórica.

Lo cierto es que la película empieza bien, con una tribu paleolítica en un paisaje invernal (así como de glaciación) dedicada a la caza del mamut. El premio para el cazador era desposarse con una cromañona muy deseable por el exotismo de sus ojos azules, algo inusual en el Magdaleniense, como todo el mundo debería saber.

El protagonista, un apuesto paleolítico -de pinta bastante menos prehistórica que algunos contemporáneos que yo conozco-, caza al mamut, pero de chiripa, y, aunque nadie lo sabe, él lo reconoce, renunciando así a la bella cromañona, pues los prehistóricos, por lo que se ve, estaban dotados de un enorme prurito ético y se guiaban por el espíritu del fair play.

En todo caso daba igual, ya que al rato el poblado prehistórico es atacado por otra tribu de malos abusones, montados a caballo, y con una sospechosísima pinta de ser de Al-Qaeda. Los malos raptan a la cromañona de los bellos ojos y empieza aquí la odisea del protagonista y sus amigos, que parten al rescate de la susodicha, pues los cromañones no negocian con terroristas.

A partir de este momento los guionistas comienzan a tomarse licencias históricas acompañadas, casi con seguridad, de abundantes psicotrópicos.

Los prehistóricos malos llevan a sus esclavos capturados a través de selváticas regiones, dándoles, de vez en cuando, unos buenos mamporros. Lo mejor del caso es que estos prehistóricos de Al-Qaeda se diferencian de los buenos prehistóricos de toda la vida por sus rostros perfectamente rasurados y sus calvas inmaculadas, demostrando que nada apura mejor que el silex, ni siquiera la gillette.

Los cromañones buenos, que lucen largas barbas, les persiguen y en esas están cuando son atacados por una manada de pollos gigantes. ¿No se lo creen?, pues véanse la película, porque lo que digo es tal que así.

Unos pollos de ración que da gusto verlos. No menos de dos metros de altura cada uno y muy “mala hostia”. Unos pollos cuyos huevos no quiero ni imaginarme, y que en vez de acabar convertidos en chicken tenders optan por comerse a los homínidos.

Cierto es que a Rachel Welch en “hace un millón de años” la atacaba una araña gigante (¿o quizás un cangrejo?), pero, en todo caso, hace un millón de años se trataba del paleolítico inferior, y, aunque no consta que hubiera ni arañas ni centollos del tamaño de un autobús, a nadie le importaba, pues estábamos más bien centrados en los bikinis prehistóricos y en las peleas en el barro entre la Welch y la jefa de la tribu de las morenas, que también estaba muy buena.

Tras el ataque de los pollos magdalenienses, que, como he dicho, eran unos pollos que no los asas ni en los Altos Hornos de Bilbao, el cromañón bueno, por azar del destino, salva la vida a un tigre de dientes de sable.

Poco después, el citado tigre dientes de sable le salva al protagonista la vida en justa reciprocidad, porque es comúnmente sabido que los tigres del pleistoceno eran así de enrollados, motivo por el cual se extinguieron. Que no se puede ser depredador y majete porque te extingues, es la moraleja que debe extraer el espectador.

La escena culminante de la película es cuando vemos a los cromañones buenos, -que en su camino habían reclutado un montón de tribus cromañonas también bastante guays-, llegar al lugar donde habitan los prehistóricos de Al-Qaeda. ¿Y dónde habitan?, se preguntarán ustedes: pues en el mismísimo Egipto. Más o menos como ahora.

Una amplia panorámica nos muestra el desierto en el momento en que aquellos prehistóricos con pinta de terroristas están construyendo las pirámides (todas a la vez, nada de fases como en las urbanizaciones), entre decenas de grúas y centenares de andamios, que parecía aquello la Seseña del Pocero, en vez de la llanura de Gizeh.

Como llegados a este punto, a los guionistas les daba lo mismo so que arre, nos resuelven un enigma histórico, el de cómo habían sido capaces los egipcios de subir tanto pedrusco a semejante altura: ¡pues arrastándolos con mamuts, evidentemente!. Mamuts con los colmillos afeitados, como los toros que le ponían al Cordobés.

El final no se lo cuento, pues no quiero privarles de la emoción de ver esta película de culto, pero les adelanto que está a la altura de lo esperado. Sólo decirles que los cromañones no estaban por el diálogo social y revuelven a todos los esclavos contra la patronal egipcia.

En definitiva, una película espectacular, bien documentada, imaginativa y audaz, muy en la línea de la historiografía americana; no creo errar si digo que posiblemente hayan contado con asesores de alguna universidad de la zona, no sé, Minnesota o Michigan, aunque no nos consta que el profesor Kaplan haya tenido nada que ver en ello.

Yo la recomiendo encarecidamente para ver en familia, y más si se tiene algún hijo a punto de hacer la selectividad o atascado con la historia de segundo de la Logse.

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1 comentario

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Una respuesta a “Mis críticas de cine: 10.000 a.c. (más o menos)

  1. Creo que hemos visto la misma película.

    Yo fui tan gilipollas que pagué por verla en el cine. Si hubiera leído antes tu crítica creo que me hubiera merecido más la pena y habría disfrutado más.

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