Schwarzenegger, mi héroe.

Los que estudiaron en Valladolid, allá por los años setenta, saben que había dos formas de pasar las largas tardes de invierno. Salir a pasear, a ver escaparates, o ir a las sesiones vespertinas del cine Zorrilla, aprovechando una talonario de vales que te daban con el carnet de estudiante, y que te permitían ver una película por el módico precio de veinticinco pesetas.

Teniendo en cuenta que estoy hablando de la Pucela anterior al cambio climático, la opción de pasear se reservaba a los días en que la temperatura subía de cero grados, porque, queridos jóvenes, en Valladolid, antes del deshielo de los polos, hacía un frío de cojones.

Esa es la razón por la que uno puede presumir de haberse visto, en versión original con subtítulos, la práctica totalidad del cine de arte y ensayo de la época. Sí, ya sé que es mejor congelarse, pero uno era joven y tenía inquietudes.

Pasolini, Visconti, Vadim, Fellini, Bergman, toda la nouvelle vague, Bertolucci, en fin, todos en fila, frecuentemente en blanco y negro; poco a poco y entre todos, prepararon nuestra mente y sensibilidad para recibir, con verdadera pasión al que había de ser para siempre nuestro héroe cinematográfico: Schwarzenegger.

Después de ver traumas infantiles, sexualidades tirando a complicadas, relaciones incestuosas y finales abiertos que inducían a largos debates sobre el ser y el no ser, la muerte y la nada, no se pueden hacer ni idea de la liberación intelectual que supuso la llegada de este nuevo cine de estética espectacular y donde una hostia es una hostia y punto.

La primera vez que vi a Schwarzenegger, fue en la magistral “Conan el bárbaro”. Quedé realmente impactado, no sólo por su presencia, sino por lo subyugante de su guión: malos sectarios y julandrones se metían con la pobre plebe, les exigían víctimas para sacrificios humanos, llegaba Schwarzenegger, les daba las suyas y las del pulpo y The End.

No es exactamente la Alianza de Civilizaciones, pero hay que decir que a la hora de repartir no entendía de colores ni procedencia. Reparte para todas las razas, sin distinción de color ni religión, y con una muy adecuada política de género, porque en “Desafío Total” se pega una buena tunda con su mujer, que finiquita con un tiro en todo el coco, y le dice que lo considere un divorcio. Impresionante.

Nada que ver con la relación sado-maso de Portero de Noche de la Cavani. Muchísimo mejor, dónde va a parar.

Habrá quien piense que las dotes interpretativas de Arnold no son exactamente las de Dick Bogarde, pero ni falta que le hace, porque cumple perfectamente su papel y siempre es creible. No es como el insoportable de Stallone, que llora y se enrabieta y no siente las piernas.

Schwarzenegger, con una economía de medios propia de un genio, tiene el registro justo y necesario: la cara de “cómo duele, ya me está tocando los güevos este tío”, y la de “te voy a dar una hostia del tamaño de una telepizza familiar”. Digánme si no hay que ser un genio para construir toda una carrera interpretativa con dos caretos.

Yo creo que sólo ha sido superado en estos términos por John Wayne, que sólo tenía una cara, la de John Wayne, y mirad que hizo clásicos el tío, y por mi otro ídolo, Clint Eastwood, que tiene cara de mosqueo permanente, con el ceño fruncido y la mandíbula bien apretada.

Clint y Arnold. además, comparten una exitosa carrera política, ambos, además, en el Partido Republicano. Ahora, por cierto, los progres se rinden a los encantos de Eastwood y a su indiscutible talento, pero mira que durante tiempo calificaron su cine de fascista y homófobo. Todo porque ambos, como Luis Aragonés, tienen pinta de no caberles por el culo ni el bigote de una gamba.

Schwarzenegger, para más coña, no sólo es Gobernador Republicano de uno de los Estados más progresistas de la USA de Obama, California, sino que además está casado con una sobrina del principal icono demócrata de yanquilandia: John F. Kennedy. A ver quién me discute que es un genio. Todo un heterodoxo, mi ídolo.

Pues bueno, este hombre, que no sólo cambió los monólogos de diez minutos sobre el sentido de la vida por una buena mano de hostias, este talento sublime que ha dejado frases para la posteridad como “Sayonara, baby” (en la voz, muy adecuada, de Constantino Romero, el mismo de “Luke, yo soy tu padre”) ha tenido la idea definitiva.

Ni cambio de modelo productivo ni leches. Schwarzenegger va a sacar a California del colapso económico ¡legalizando la marihuana! y cobrando sus corespondientes impuestos. Este Schwarzenegger ¡es mi hèroe!.

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