En respuesta a la tesis de la mala suerte

Entrada remitida por un buen amigo y colaborador.

Autor: Un fan de Isabel Coixet.

Estoy tentado de suscribir tu tesis sobre la mala suerte, porque es cierto que este gobierno y su presidente se parecen cada vez más a una película de Jacques Tati (por no mencionar ya a Rowan Atkinson). Pero cuando me acuerdo de las últimas elecciones tengo que terminar por descartar la suerte como factor decisivo. Sin llegar al grado de crueldad de los que sostienen eso de “a disfrutar de lo votado”, tampoco cabe engañarse.

Es cierto que hace falta una reflexión muy seria, sin prejuicios y poniendo la responsabilidad por delante de todo lo demás en lo que se refiere al mercado laboral. De hecho, debería haberse hecho hace mucho tiempo. Durante la última década hemos apostado por un mercado laboral basado en la baja cualificación y productividad, asistido en una gran parte por una política de inmigración voluntariamente ciega (o por lo menos, tuerta). En su momento algunos intentaron abrir ese debate, pero rápidamente se echaron atrás ante el recurso fácil a la acusación de xenofobia y racismo. Ahora ya es tarde.

El debate no sólo debería centrarse en lo más obvio del mercado laboral: las modalidades de contratación, indemnización por despido, negociación colectiva, etc. Debería ir mucho más allá y empezar por revisar los propios cimientos del sistema educativo que ha convertido la expresión “generación LOGSE” casi en un sinónimo de analfabetos funcionales. Seguir por cómo se trabaja (y no sólo cuánto) y buscar fórmulas para potenciar la movilidad geográfica o la conciliación de la vida familiar, entre otras muchas cosas. Y sí, llegar a la madre del cordero, que es en lo que todo el mundo está pensando. Por mi parte, creo que la propuesta que acaba de lanzar un grupo de expertos—establecer una única modalidad contractual por término indefinido y cuya indemnización sea creciente según aumente la antigüedad del trabajador en el puesto—va en la buena dirección. Lo que supone, en la práctica, mayores garantías para el empleador en las fases iniciales, en las que el riesgo de no amortizar la inversión es más evidente, y para el trabajador en cuanto a su consolidación en el puesto a medida que desarrolla sus capacidades y experiencia y esto se refleja en la indemnización que merece. Debería tratarse de unificar la maraña legal que existe en torno a la contratación laboral, con infinidad de modalidades—por no hablar de subvenciones y programas dirigidos a colectivos muy concretos—que en la práctica no hacen sino interferir unos en otros y potenciar una rotación exagerada y a la larga antieconómica en los puestos de trabajo. Origen éste del diferencial de temporalidad bochornoso que nuestro país presenta con respecto a otros de la UE. Pero tampoco cabe engañarse. O crearse expectativas desmedidas con respecto a los efectos mágicos de las reformas en el mercado de trabajo.

Hay un hecho básico: por muy flexible que sea el marco legal y muy barata la indemnización por despido, un empresario no va a contratar a nadie que no necesite. Ahí está el caso chino, que en el último semestre ha producido más de 8 millones de desempleados pese a tener un sistema en absoluto proteccionista del empleo. El problema económico que se nos plantea ahora mismo, y que es de una gravedad desconocida hasta el momento en la economía española, no viene sólo por el lado de la oferta de factores de producción: tierra, trabajo y capital. La reforma del mercado del suelo ya se acometió en 1998 y, desde mi punto de vista, sólo dio como resultado un alivio provisional—en muchos casos más que un alivio: una euforia—en las haciendas locales, pero no evitó la burbuja inmobiliaria. Ahora mismo es ya un aspecto pasado a un muy segundo plano. Y junto con la del trabajo, otra reforma que me parece aún más necesaria: la del capital y los mercados financieros, que literalmente se nos están viniendo abajo. Es decir, no estamos ante una crisis exclusiva o principalmente por el lado de la oferta, sino de la demanda: una crisis de modelo productivo. Durante décadas nos hemos especializados en automoción, servicios ligados al turismo o al consumo interno y, especialmente, en el ladrillo. ¡Tres en raya! A eso sí que le llamo yo mala suerte. Porque se nos ha hundido el modelo productivo y no tenemos un recambio: ¿a qué nos vamos a dedicar los españoles, qué vamos a producir? Incidir sólo en reformas que actúen por el lado de la oferta y no de la demanda nos puede llevar a la paradójica situación de la crisis de 1866: llenamos un país de líneas ferroviarias hasta para ir a comprar el pan y luego resultó que nadie pensó en producir mercancías que transportar en esos ferrocarriles. Ejpaña berlanguesca.

De todas formas, tampoco hay que dramatizar nuestra situación. En el gobierno nacional podemos tener a ZP que, vale, a lo mejor la economía no es su fuerte. Pero aquí tenemos a Ángel Agudo, lo cual es una garantía frente a situaciones como la que desvela hoy “El Economista”: ayer Miguel Ángel Fernández Ordóñez desveló “confidencialmente” (qué jachondo el tío) a algunos diputados que había siete cajas de ahorro que necesitaban una urgente reestructuración y a las cuales, ante la gravedad de la situación, el Banco de España pedía informes diarios sobre los movimientos de sus depósitos. Se trata de Caja Duero, Cajasur, Caja Rioja, Caja España, Caja de Ahorros del Meditérraneo (CAM), Caixa Catalunya y… Caja Cantabria. Fuente de la noticia: http://www.eleconomista.es/empresas-finanzas/noticias/1184690/04/09/El-gobernador-desliza-una-lista-de-siete-cajas-que-deben-ser-reestructuradas.html

En otras circunstancias estaría más que alarmado, pero teniendo al inefable consejero Agudo y su tropa al frente de nuestras finanzas regionales (“Señor Agudo: míreme a la cara”) me puedo arrebujar en el sillón en medio de una calma beatífica. ¿A que te quedas más tranquilo?

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5 comentarios

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5 Respuestas a “En respuesta a la tesis de la mala suerte

  1. Espero que lo tuyo no sea la ironía, porque si no es así, estamos perdidos.

  2. evdesec

    Señor fan de Isabel Coixet:

    España siempre tendrá el sol, la tortilla de patatas, el flamenco y los toros (a menos que se interponga el cambio climático, que todo puede ser). Eso sin contar una querencia secular a ser la reserva espiritual de occidente. Con esos cuatro pilares podemos construir un modelo de desarrollo basado en cobrar entrada en la frontera, vestir a nuestros niños y niñas de Joselito y Marisol, y ofertar pinchos baratos, buen vino, fiesta nacional, y soleadas playas.

    Al fin y al cabo con poco más pasamos medio siglo veinte.

    Respecto de su reflexión sobre la tranquilidad que le produce saber que su economía está en manos tan competentes y desinteresadas como las de Agudo, sepa que a mi también me llena de tranquilidad, o mejor dicho, me elimina la incertidumbre, ya que si con otros uno no sabría predecir el futuro, en este caso uno tiene la seguridad de que el desastre será de campeonato.

    La edad me ha enseñado que la certeza del destino, la certidumbre de lo funesto, lejos de crear desasosiego, tranquiliza el espíritu, que se prepara de este modo, con total aceptación, para lo que sin duda ha de llegar.

    Un abrazo

  3. Me temía que tenía ración doble de ironía.

    De todas formas es cierto que cuando te preparas para lo peor y lo aceptas, que te echen lo que sea.

    No es menos cierto que cuando me preparo para lo peor siempre albergo la esperanza de que las cosas no serán tan malas… Es lo último que se suele perder.

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