Mala suerte

No se puede negar que la situación es complicada, muy complicada. Pero es que hemos tenido mala suerte. Cualquier gobierno, incluso el mejor imaginable, tendría ante sí un reto especialmente difícil; pero es verdadera mala suerte que, justo cuando estamos en manos del Presidente más incompetente y cerril de la democracia, se nos venga encima una crisis espeluznante.

Mucho me temo que las clases de economía que Jordi Sevilla le iba a dar en “un par de tardes” son insuficientes para salir de ésta.

De momento, la táctica de Zapatero y su gobierno se limita a dar patadón a seguir. Como los malos jugadores de futbol, se quitan los problemas de encima por el nada sutil método del pelotazo a donde vaya. Y ese pelotazo metafórico consiste en generar déficit a la espera de que las cosas vayan a mejor. Lo malo es que la ley de Murphy dice que lo que puede empeorar inexorablemente acaba empeorando, y ese axioma se cumple siempre.

Hay muchas voces cualificadas que hablan de la necesidad de un gran debate nacional sobre reformas en el mercado de trabajo. El Gobernador del Banco de España, Aznar, y, ahora el propio Jordi Sevilla (sorprendente incorporación a este postulado) hablan de que, cuando las cosas están como están, es necesaria la reflexión y el cambio de políticas.

Inmediatamente surgirán los demagogos con las habituales consignas panfletarias: ¡qué viene la derecha con el despido libre!. A ese mensaje se unen indefectiblemente los grandes sindicatos, que tienen una buena parte de responsabilidad en hurtar a la sociedad un debate que no es sólo necesario, sino que es urgente porque la situación, si no cambia en los próximos meses, va a ser de auténtica emergencia nacional.

Algo ocurre en nuestra regulación laboral si, con una caída del PIB similar a la del conjunto de los países desarrollados, mandamos más de 6.000 trabajadores al paro diariamente. Puesto que sólo ocurre en España, el problema es intrínseco a nuestro modelo.

Hay dos formas de abordar esta situación: la sensata, que es plantear del debate, analizar el conjunto de los factores y acordar de forma responsable aquellas medidas que nos permitan corregir la situación, por complejas que sean, por duras que parezcan y por impopulares que resulten; o la insensata, que es seguir gastando el dinero de la hucha, hasta que en la hucha no quede nada, y negar a una sociedad madura un debate sin tabúes y sin condicionantes.

La única política social posible y viable es el mantenimiento del empleo. No nos engañemos, todo el sistema se cimenta en el mantenimiento de determinados niveles de empleo, empezando por el conjunto de los sistemas de protección social, pensiones incluídas. Lo demás -el gasto en base al déficit- tiene una inquietante fecha de caducidad.

Los socialistas son incapaces de reconocer que la actual política de mantener (e incluso incrementar) prestaciones a toda costa, y de proteger el empleo por real decreto, puede llevarnos al colapso. Ojalá no sea así. Pero prefieren mantenerse en sus axiomas, porque son tan egoistas que no están dispuestos a pagar ningún precio político, aún a riesgo de hacernos caminar hacia no se sabe dónde.

Esta situación podría habernos cogido con un gobierno valiente y sensato, pero nos ha sobrevenido con el socialismo de Zapatero. Eso es lo que yo llamo “mala suerte”.

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