ABUSO DE PODER. LOS DROGOTEST.

He leído recientemente que hay un verdadero interés por extender los famosos drogotest para que sean efectuados no sólo por la Guardia Civil de Tráfico, sino también por las policías municipales (¡lo que nos faltaba para el duro!). La cosa es seguir puteando y exprimiendo al ciudadano.

https://www.brotsanbert.com/articulos/drogotest-seguridad-vial-o-recaudacion

La razón expuesta por nuestras sesudas autoridades es que en casi todos los test que se vienen realizando arrojan resultados positivos. ¿Qué podrían esperar de un test que no detecta si conduces bajo los efectos de una sustancia, sino la presencia en el organismo de “trazas” de haber consumido?

Una ley de seguridad vial se supone que debe evitar que se conduzca bajo los efectos psicoactivos de una determinada sustancia. Así es, de hecho, en el caso del test de alcoholemia, pues existe una correspondencia entre la tasa de alcohol en sangre y sus efectos en la conducción cuando dicha tasa es superada. ¿Pero, qué es lo que miden los drogotest?.

Cualquier consumidor de cannabis, por ejemplo, pero también de otras drogas ilegales o legales, como las benzodiacepinas, dará positivo a “trazas” en el organismo aunque el consumo se hubiera realizado muchas horas, días e incluso semanas anteriores al análisis. Dicho de otra forma, cualquier consumidor habitual, que realice su consumo en el ámbito privado y se abstenga de conducir estando bajo sus efectos, dará de todas formas positivo, aunque de dichos efectos psicoactivos no exista ya ni el más leve síntoma.

Esa y no otra es la razón por la que existen tantos positivos en dichos controles. Por poner un ejemplo muy claro: si una persona se pone hasta las patas de cubatas el fin de semana (está en su derecho) y es lo suficientemente responsable como para no conducir en tales circunstancias (es su obligación), cuando llega el lunes, puede conducir y desarrollar su actividad con perfecta normalidad. En un control de alcoholemia que se le practicase ese mismo lunes, daría negativo, puesto que los niveles de alcohol en sangre habrían desaparecido a efectos del test de alcoholemia. Esto es lo lógico, ya que no hay borrachera ni colocón que mantenga sus efectos durante decenas de horas e incluso días.

Pero si un individuo hubiera consumido esas otras sustancias psicoactivas en ese mismo fin de semana, y, el lunes condujera en perfecto estado físico y sin síntoma alguno de haber consumido dichas sustancias, daría positivo de todas formas, porque la ley -en lo que parece una motivo de clara inconstitucionalidad- prohíbe que el organismo conserve “trazas” de aquel consumo, aunque sus efectos hayan desaparecido de forma absoluta del organismo.

Si el test de alcoholemia detectara “trazas” del consumo, el número de positivos sería cercano al 100%, pero como en este caso se mide la concentración de alcohol, no las trazas de su presencia, eso no ocurre. Cosa razonable, ya que se trata de evitar que la gente conduzca en un estado de embriaguez, no de que no haya consumido alcohol en los últimos días, semanas o meses.

Este Estado fiscalizador, que no pretende garantizar la seguridad vial, sino sancionar (y recaudar) a la gente por sus hábitos en vez de por los riesgos que puede provocar, todavía quiere incrementar unos controles que son de todo punto una vulneración de nuestros derechos ciudadanos -los de todos, no nos engañemos-.

Porque si lo que se pretendiera es proteger la seguridad, los drogotest tendrían la capacidad de medir no sólo la existencia de restos en el organismo, sino la concentración de dichas sustancias y su relación con sus posibles efectos en el manejo de vehículos.

Pero no, eso no es lo que se mide. Lo que las autoridades y la prensa (ignorante o malintencionada en muchos casos) nos venden como “positivo en drogas”, y que el público traduce como “conducía drogado”, es una falacia.

La mayoría de esos positivos no están determinando si el conductor se encontraba bajo dichos efectos, sino el mero hecho de haber consumido con anterioridad (y esa anterioridad puede ser de largos periodos de tiempo), sin capacidad de determinar si, en el momento de dicho test, esa persona está bajo los efectos de dichas sustancias o sin ningún efecto. ¿No es eso un auténtico atropello?

Señores de la autoridad: si ustedes de verdad pretenden trabajar por mejorar la seguridad vial, la solución no pasa por extender el uso de unos drogotest que son incapaces de detectar realmente el estado del conductor para realizar una actividad potencialmente peligrosa.

Pero me temo que ustedes no quieren evitar esos comportamientos, sino penalizar y exprimir a los ciudadanos por sus costumbres y hábitos, aunque estos no puedan afectar a su capacidad como conductores. La cosa es recaudar e interferir en la vida privada de la gente. No hay ninguna otra razón.

Porque si lo que quieren es trabajar por la seguridad vial y por la protección de los derechos individuales de los ciudadanos, estarían en la obligación de desarrollar y homologar unos test que midan lo que se supone que deben medir, que es la conducción “bajo los efectos” de las drogas, y no su mera presencia residual en el organismo.

Cuando algún responsable dice, -y lo he escuchado-, que dichos drogotest no dan falsos positivos en consumidores habituales, aunque no estén bajo los efectos de dichas sustancias en el momento del control, es que miente. Así, simple y llanamente, miente.

No hace falta decir que tales tests, aparte de imprecisos y de no saber cuantificar el nivel de una sustancia y su relación con la capacidad de su consumidor para conducir o hacer actividades potencialmente peligrosas, son, además, muy caros.

Aquí alguien está haciendo el agosto, y, si es posible, va a ampliar su mercado implementándolos en las policías locales. Resultado: compramos (usted y yo) unos test carísimos, incapaces de arrojar resultados que determinen los riesgos para la seguridad del tráfico, pero útiles para sancionar a una porcentaje altísimo de los conductores. Eso sí que es un negocio en toda regla.

Cuando a mí me ocurra, que puede ser en cualquier momento dado que consumo habitualmente sustancias para conciliar el sueño, no sólo no pienso abonar la sanción (ya que jamás, insisto, jamás conduzco bajo los efectos de ninguna sustancia), sino que pienso gastarme mi dinero en acudir a cuantas instancias administrativas y judiciales sea necesario.

En esto, como en tantas cosas, lo que hay que hacer es defender nuestros derechos, y dejar de asumir con naturalidad lo que no es otra cosa que un claro abuso de autoridad y un enfermizo afán recaudatorio.

Ya que tanto nos preocupa la constitucionalidad de las normas, este es un claro ejemplo de vulneración de tal principio.

Pero mientras tanto, miles de personas, bien por evitar que se trascienda dicho positivo, bien porque sale más barato pagar que pleitear, abonan la multa y cruzan los dedos para que no sea la primera de una larga lista de denuncias.

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SACRO Y PROFANO

http://www.elmundo.es/f5/comparte/2017/01/12/58762b2246163f6b048b456e.html

Los pastafaris llevan años intentando su reconocimiento oficial. Puede que sus planteamientos, a priori, nos resulten ridículos (de hecho lo son, porque dicha religión nació en Estados Unidos  precisamente como un acto subversivo, para denunciar los privilegios de los cultos históricamente dominantes, que consiguieron mediante presiones que en la enseñanza pública se enseñase el creacionismo, como si fuese una alternativa científica al evolucionismo).

¿Con qué criterio objetivo consideramos más ridículo un credo -el pastafari o cualquier otro minoritario- que los del resto de religiones social y legalmente aceptadas y reconocidas?

La respuesta es obvia: por tradición cultural.

He escuchado a muchas personas tildar a la religión “pastafari” de ridícula y calificar sus dogmas como delirios sin sentido, pero no existe una sola evidencia racional para tales calificativos que no pueda ser aplicada a cualquier religión del planeta. Cierto es que pensar que el creador del universo es un ser con forma de espagueti con albóndigas parece poco creíble; pero no mucho menos que pensar que un patriarca, que vivió 950 años, recibió el divino encargo de salvar a todos los animales, de un diluvio que el mismo Dios pensaba mandar para ahogar a todo quisqui.

Así se salvaron TODAS las especies del planeta: embarcándolas en un arca de madera. Las tortugas casi llegan tarde, y los dinosaurios perdieron el embarque.


La ciencia nos dice:
La cifra más precisa calculada hasta la fecha es que en la tierra, en la actualidad, hay en torno a 8,7 millones de especies: donde 6,5 millones se encuentra sobre la superficie y 2,2 (un 25%) habita en las profundidades del océano. Piensen en el tamaño de un arca en el que quepan 6,5 millones de especies, lo que -groso modo- significarían 13 millones de ejemplares (dos sexos por especie, en la mayoría de los casos, que no en todos). No cabrían, pues, ni en toda la flota de barcos del mundo.

Y como ese ejemplo hay miles y para todas las religiones. También es un hecho cierto que hay interpretaciones de los textos sagrados más fundamentalistas que otras.

Si nuestro espíritu crítico se sorprende ante revelaciones que no pasan el filtro de un análisis racional, pero, sin embargo, acepta otras similares como algo normal, no es porque unas creencias sean demostrablemente ciertas y otras no (puesto que ninguna soportaría carga de prueba alguna), sino porque a través de generaciones hemos dejado el pensamiento crítico en suspenso ante aquellas que son culturalmente nuestro entorno, mientras que otras nos parecen el producto de un delirio, pues recuperamos ese pensamiento crítico sin condicionantes culturales.

Como suele decir Dawkins, la antropología ha identificado miles de religiones a lo largo de la historia del mundo. Desde cultos tribales hasta las grandes religiones monoteistas. Pero los creyentes solo creen en una, nadie profesa dos religiones; por tanto son ateos de centenares o miles de dioses. Los ateos sólo añadimos un dios más.

Pongamos un ejemplo. En España es residual, pero en Estados Unidos los mormones tienen miles de feligreses y son una religión perfectamente establecida. ¿han leído ustedes algo sobre la iglesia mormónica? Les garantizo que lo del espagueti volador no le queda muy lejos.

Si todo esto les suena muy loco, les advierto que en España existe un organismo, “La Comisión Asesora de Libertad Religiosa” encargada de evaluar la “credibilidad” y otros aspectos de los credos, dogmas, y liturgias religiosas, con carácter previo a su incorporación oficial a un registro público.

Es decir, que hay unos señores que deciden qué fe religiosa tiene “credibilidad” y cuál no. Cómo pueden decidir sobre la credibilidad de una fe es en sí mismo un misterio, también religioso.

En  España hay cerca de 17.000 entidades religiosas inscritas.

La mayoría de las entidades (unas 13.000 y que representan el 76 por ciento del total) están vinculadas a la iglesia católica, seguidas de las evangélicas (13 por ciento), musulmanas (8,6 por ciento), ortodoxas (0,67 por ciento), budista (0,44 por ciento) y judía (0,18 por ciento). También hay representación de la comunidad Baha’i, Hinduista, Testigos de Jehová, Mormones y de la Ciencia de Cristo, así como de entidades paganas.

La citada Comisión aplica, por lo visto, diversos criterios, entre ellos el de “credibilidad” , para evaluar los credos y organizaciones religiosas, lo que ya de por si tiene su miga.

Es inapelable que si aceptamos determinadas creencias religiosas, mientras que otras nos dan risa o las calificamos de ridículas, se debe exclusivamente a criterios culturales, y, por tanto, variables en función de las zonas geográficas.

Así en Arabia será sencillo encontrar personas que den toda la credibilidad del mundo al Corán, pero será difícil encontrar alguien que de credibilidad a la fe cristiana evangélica, mientras que en determinados Estados de América, es sencillo encontrar fieles que den credibilidad al creacionismo, y más difícil encontrar a quien siga las creencias del hinduismo. En la India ocurre justo lo contrario.

Como decía Dawkins, algo sospechosamente humano subyace al hecho de que todo el mundo, con carácter casi general, cree en la religión dominante del lugar o la comunidad donde nace y, al mismo tiempo, todo el mundo está seguro de creer en el dios verdadero.

Esa vinculación entre zonas geográficas y predominio de un tipo de creencias es la demostración de que nos encontramos ante un hecho cultural.

Aunque parezca increíble, en España, católica y romana de forma tan mayoritaria, se estima que hay unos 45.000 mormones, y de hecho hay un templo espectacular en Madrid, en el distrito de Moratalaz.

Madrid. Iglesia de los mormones.

Los mormones creen en un Dios cristiano de cuerpo tangible, que eligió a Jesucristo como su primer hijo antes de la creación del mundo y a partir de ahí creó al resto de los seres humanos a su imagen y semejanza. Su trono, que es de este mundo, se encuentra en un planeta denominado Kólob. (Desconocido para la ciencia de la astronomía, evidentemente).

Pues bien, la iglesia mormona ha superado el criterio de “credibilidad”, que aplica la citada Comisión Ministerial. Seguro que a la mayoría nos parece de locos (excepto a los mormones), pero lo cierto es que, objetivamente, los desvaríos de los mormones no son mayores que los del resto de las religiones. La diferencia es que en unos casos esos desvaríos nos han sido inculcados desde niños y por familiaridad nos suenan como razonables, y en otros, como el del ejemplo de los mormones, nos suenan como la locura que son, ya que les aplicamos el criterio de la razón.

De momento, la iglesia del Monstruo del Espagueti Volador no ha superado dicha prueba de “credibilidad” y no la quieren inscribir. Un dios mono, sí; un dios corpóreo que vive en un planeta inventado, sí; pero el pobre Monstruo de los espaguetis, no. ¿No es pura discriminación?

Todo esto no tendría mayor importancia si no fuera porque nuestro código penal contiene el siguiente anacronismo:

  • Artículo 525: “1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican. 2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.”

Nota al margen: El punto 2 tiene su gracia, ya que no entiendo cómo puede ofenderse el “sentimiento ateo”: ¿cagándote en la nada? Porque no constan ritos, ni dogmas, ni creencias, ni ceremonias ateas. ¿Cómo se puede ofender a un ateo o a un agnóstico por su no creencia?

Como puede verse, el punto 1 del citado artículo 525 tiene más peligro que irse de la lengua en una comida con Villarejo.

Conviene matizar que, por supuesto, el castigo a la vejación hacia las personas que profesen un credo es razonable. De hecho, lo razonable es que se sancione el vejar a las personas por su opinión, sea religiosa o de cualquier naturaleza.

Como hay otro artículo que castiga el presentarse en un lugar de culto a ofender, que me parece muy bien que esté, porque a ver de qué se va a tolerar que nadie vaya a joder el derecho del prójimo a profesar su religión.

Pero lo de ofender los sentimientos es tan subjetivo y tan amplio como sensibilidades haya. De hecho es tan amplio que su interpretación literal obligaría a abstenerse de cualquier comentario crítico o satírico sobre cualquier religión y ¡hay más de 17.000 entidades inscritas sólo en España!

Así, si yo digo que Joseph Smith, fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días (mormones) era un estafador -no un chiflado, sino un caradura- que se inventó una religión, con decenas de dogmas que son una auténtica chorrada, con alusiones a planetas imaginarios y seres divinos de residencia extraterrestre, ¿me pueden imputar penalmente en virtud del citado artículo? La respuesta es sí.

Y también puedo ser procesado si me cago en el dios-mono Hánuman, adorado por los hindúes. Sólo haría falta que una asociación de hinduistas se sintiese ofendida y pusiera una denuncia.

Dicho en palabras llanas: si me cago en Hánuman o en el “profeta” Smith, me pueden condenar, de igual forma que si lo hago en un dios de las principales religiones monoteístas o en cualquiera de los dioses, profetas, liturgias y dogmas de las religiones reconocidas por un registro público ministerial.

La diferencia estriba únicamente en que si te cagas en Hánuman, a nadie le importa un rábano, porque el tal dios nos parece una extravagancia en esta parte del planeta, pero si lo haces en un dios de una religión más aceptada en tu ámbito geográfico, te puedes meter en un lío, como le ha pasado a Willy Toledo, por cagón.

También debemos reconocer que el humanismo ha progresado lo suficiente como para que cagarte en dios en nuestro país no sea especialmente peligroso. Hace tres siglos te hubieran hecho un vuelta y vuelta a la brasa, y no te digo nada si te cagas en Ala en un país árabe, por muy siglo XXI que sea. Matarile garantizado.

Pero un análisis racional nos debe llevar a la conclusión de que todos ellos son actos idénticos (cagarse en una presunta deidad) y que la diferencia la establecemos en base al objeto de nuestro acto escatológico (en nuestro ámbito, grave si es el dios cristiano, intrascendente si es un dios raro de la India o similar). Esa distinción la hacemos por nuestra tradición cultural.

Para el resto de las opiniones -al margen de las religiosas-, no establecemos ese estatus que las protege de cualquier ofensa o de los exabruptos de cualquier personaje con diarrea mental.

Si yo me cago en Einstein, en la teoría de la relatividad, en Darwin, En el presidente del gobierno, en el Real Madrid, en el Barsa, en los comunistas, en los fascistas, en el liberalismo, en el cine de Hollywood, o en las carreras de coches…es decir en cualquier otra cosa, persona u opinión, me ampara el derecho a la libertad de expresión.

Pero no me ampara si lo hago en seres que son, para mí y para millones de personas, imaginarios o si lo hago en rituales que son, para mí y para millones de personas, incomprensibles y en muchos casos perversos y dañinos.

Existe una clara disfunción intelectual en cómo abordamos toda esta materia. Conviene matizar que el hecho de ir por la vida molestando a la gente y cagándose en todo, me parece burdo, de pésimo gusto y que califica al personaje. De ahí a montarle un proceso penal va un trecho muy poco presentable.

Sin duda las religiones han tenido éxito a la hora de conseguir un estatus de “superioridad” respecto del resto de creencias y opiniones humanas. Nuestra sociedad y nuestras leyes consideran unas creencias “inviolables” y otras no.

Y lo cierto es que no hay ningún hecho objetivo que permita ni aconseje establecer esa distinción legal entre pensamientos sacros y profanos. De hecho no debería haber esa distinción en un Estado aconfesional. Un Estado debe ser laico por definición, pues lo conforman millones de ciudadanos de diversas creencias y de ninguna.

Yo creo, como mucha gente, que la libertad de opinión y expresión debe prevalecer sobre los sentimientos subjetivos de la gente, y que las excepciones deben ser pocas. De hecho, cuantas menos, mejor.

Los recortes de libertades nunca han llevado a nada bueno. 

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AQUÍ EL QUE NO SE OFENDE ES UN RARO

En esta sociedad ultrapuritana que nos ha tocado vivir, es más difícil hacer algo y que nadie se ofenda que la inversa. Es más, me atrevería a afirmar que si alguien hace algo y nadie se ofende, es que lo ha hecho mal o no se le ha entendido, porque no hay individuo ni colectivo que no considere sus convicciones como valores universales inviolables y, por tanto, todo aquello que le molesta debe considerarse una ofensa digna de ser castigada con el código penal, o el civil, como mínimo.  

Esta mañana, estando de baja y teniendo poco que hacer, me he puesto a leer las entradas que aparecen en mi Facebook, y, sin asombro de ningún tipo (asombrarse empieza a ser una tarea de difícil cumplimiento, dada la estulticia generalizada) he encontrado razones para quedar perplejo por opiniones procedentes de dos extremos del espectro ideológico, por llamarlo de alguna manera.  

La primera de ellas, nos habla de una feminista que “acusa a la ciencia de sexista por postular que hombres y mujeres son anatómicamente diferentes”, que es algo así como acusar a la ciencia de racista porque a la materia que no se ha conseguido observar se le llama “materia oscura”.  

En fin, una idiotez como la copa de un pino, que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque el propio artículo de El País hace suyo el argumento de las “mentiras sexistas de la ciencia”.  

Lo mejor del caso es que en ningún momento se dice, porque ningún neurocientífico afirma semejante cosa, que esa diferencia, sobre la que hay evidencias y afecta a ciertos procesos cognitivos, y que sólo podría ser rebatida con argumentos científicos, sea ni peor ni mejor, sino que determinados estudios han osado afirmar que existen diferencias fisiológicas que hacen que, estadísticamente, en cada sexo haya cierta prevalencia hacía diferentes habilidades cognitivas.  

Sin entrar al contenido, porque creo que no hace ninguna falta, ya que la chorrada se comenta por sí sola, si hay algo que queda al margen de interpretaciones ideológicas, y no digamos “de la perspectiva de género” es el método científico. Cualquier afirmación científica contaminada de ideología o perspectiva de género no es ciencia, es un fraude, y entonces hablamos de otra cosa.  

Este feminismo ultramontano elevado a categoría de estupidez (¿no son conscientes del daño que hacen a la verdadera lucha por la igualdad?) establece dogmas, y resulta que recuerdan sospechosamente a aquellos debates de la religión sobre si la mujer tiene o no tiene alma (algo puesto en duda seriamente durante siglos por los teólogos).  

Yo, por ejemplo, tengo claro que las mujeres no tienen alma, y es que si nos atenemos a las evidencias no existe ni un sólo hecho observable que permita deducir que las mujeres tienen alma. (Habría que completar el razonamiento afirmando que tampoco los hombres, incluidos los teólogos que dedicaron su tiempo a discutir sobre tal cuestión).  

Que conste que, como pensador racional, estoy plenamente dispuesto a cambiar de opinión en cuanto me presente pruebas de la existencia del espíritu, pero estamos a la espera.  

http://www.outono.net/elentir/2018/09/24/una-feminista-llama-sexista-a-la-ciencia-por-demostrar-que-hombre-y-mujer-son-diferentes  

La segunda noticia, que enlaza con la primera, pero por el extremo contrario, también tiene su miga.  

Resulta que un alcalde socialista ha oficiado una boda civil vestido de cura, con una gran cruz, una “presunta Biblia” (lo de presunta Biblia tiene su cosa, porque una Biblia o es o no es y parece que nadie se ha enterado si el libro que portaba el alcalde-cura era una Biblia o una novela de Pérez Reverte, o vaya usted a saber qué), gafas de sol, y, todo ello, en lo que parece una finca particular -o arrendada al efecto-.  

Y, como no puede ser de otra forma -frase manida donde las haya- muchos se han ofendido.  

Yo me pregunto por qué. Se trata de un acto privado, por tanto, no cabe la ofensa general, como mucho cabría la ofensa de los asistentes, y aun así con matices. Cabría, eso sí, la ofensa de los contrayentes (cosa que el artículo pone en duda, al sugerirlo, pero no afirmarlo), que son los que se casan.  

Me cuesta creer que los novios no estuvieran de acuerdo con la peculiar puesta en escena, más que nada porque si a mi boda se presenta el oficiante vestido, por decir algo, de Bob Esponja, lo más probable es que le hubiera montado un pollo, denunciado y, con ello, tenido que ir a buscar atuendo más adecuado, que para eso es mi boda.  

No cuesta mucho deducir que los novios estaban en el ajo. Y si el resto o alguno de los asistentes se ofendió, cabían dos reacciones: ausentarse del acto seriamente agraviados (renunciando incluso a los langostinos), o moderadamente agraviados (ausentándose de la ceremonia, pero perdonando el convite, que para eso se habrán gastado el parné en una lista de bodas).  

Entendería, pues, la ofensa de los novios, si la hubiera habido, y hasta de los invitados, de haberse producido. Pero en esta sociedad que tanto se ofende, lo que no puedo entender es que se ofendan personas ajenas al evento con el argumento de que ha habido “burla de sus creencias”.  

Si el citado Alcalde se hubiese presentado disfrazado de Elvis Presley, ¿estarían los fans de Elvis rasgándose las vestiduras por la burla que supone hacía su ser adorado? Iba a decir que no, pero visto el panorama no me atrevo a descartarlo. Lo dejamos en “supongo que no”.  

ANIMUS IOCANDI

Creo que fue Sam Harris el que dijo que el gran acierto de las religiones no fue hacer que la gente creyera sus dogmas, sino extender de forma muy efectiva el pensamiento de que cuestionar o criticar cualquiera de sus postulados y liturgias es una ofensa y por tanto algo inaceptable…y punible.  

Es sorprendente que este mecanismo no se aplica al resto de opiniones y creencias. Nadie se ofende en lo más profundo (y si lo hace, sólo provoca la risa) porque critiquen o ridiculicen su forma de pensar en política, en deportes, en la dieta o en la interpretación metafísica de la física cuántica.  

Los terraplanistas (por hablar de gente que también cree cosas bastante estrambóticas) no han tenido tanta suerte de momento, ni la tendrán. Si dices que crees que la tierra es plana te califican de chiflado o gilipollas sin el menor rechazo social, lo mismo te ocurre si dices que crees en los enanos de jardín o en el dios Thor.  

Pero si dices lo que yo estoy diciendo ahora (es decir, que todo el mundo tiene el derecho a criticar las creencias de los demás, como así ocurre en todos los ámbitos de la vida, salvo la excepción religiosa), aunque lo haga sin ánimo de ofender como es mi caso, es seguro que encontrará alguien ofendido, y que esgrimirá el argumento de que va contra sus creencias más íntimas.  

Insisto: que a mi me da igual lo que crea la gente, que me parece estupendo que cada uno crea lo que le da la gana, pero de ahí a que tales creencias condicionen la manera de actuar de los demás en sus propios ámbitos, hay un trecho, y por ese trecho sí que no paso.  

Las religiones han sido, -siempre que la sociedad no lo ha impedido y nos ha costado unos miles de años que así sea – , especialmente hábiles a la hora de prohibir que quienes no profesen su fe se abstengan de manifestarlo o de actuar como les plazca.  

Lo han hecho habitualmente por métodos bastante sutiles, como anunciarte la condenación eterna, y, con frecuencia, por otros más directos, como cortar cuellos, tostar en la hoguera o terapéuticas sesiones de tortura.  

Como el humanismo se va imponiendo, eso de quemar infieles no está muy bien visto, así que se opta por el sentimiento de ofensa. Ofensa que la legislación, en ocasiones, convierte en delito.  

Y así llegamos a la curiosa conclusión de que feminazismo y religión, en sus esquemas mentales, a menudo se dan la mano, como es propio de cualquier pensamiento dogmático. Unos pretendiendo censurar a la ciencia porque no confirma sus prejuicios, los otros, haciendo algo parecido, como es pretender censurar la libertad de cada cual de pensar, afirmar o actuar como le da la gana.  

Por veinticinco pesetas la respuesta, cosas que ofenden al personal, como por ejemplo, vestirse de cura…un, dos, tres:

-vestirse de cura

-decir que los hombres y las mujeres tienen diferencias anatómicas…

https://www.esdiario.com/955987414/Un-alcalde-del-PSOE-se-burla-de-la-religion-y-oficia-una-boda-disfrazado-de-cura.html

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TAMBIÉN ES MEMORIA HISTÓRICA

Ahora que hemos conocido el merecidìsimo galardón concedido a José María Peridis, a quien orgullosamente conozco y en cuyo Programa de Empleo, el más importante de España durante muchos años, trabajé en muy interesantes proyectos, me vino a la cabeza lo siguiente: ¿cómo es posible que un intelectual y un investigador como Miguel Ángel García Guinea, cántabro, vinculado toda una vida a la ciudad de Santander, tantos años director del MUPAC, del Seminario e Instituto Sautuola, donde se formó la práctica totalidad de arqueólogos cántabros de las décadas actuales o recientes, no haya recibido el menor reconocimiento institucional?

Cierto es que sí lo hizo el Gobierno de Nacho Diego, otorgándole en el Parlamento de Cantabria el título de Hijo Predilecto de Cantabria. Pero es sorprendente que, por ejemplo,  Santander no haya nombrado una calle, un equipamiento cultural, o algo similar, con su nombre, o algo de ese tipo.

Para mi que a él le da lo mismo, pero retrata malamente los criterios de una sociedad que premia muy poco el talento y el trabajo, porque su obra en investigación paleolítica, protohistoria, en arqueología romana y prerromana, o el estudio exhaustivo del románico en Palencia y en Cantabria, la Enciclopedia del Románico, sus trabajos como pionero de la arqueología medieval, etc. etc., no tiene parangón en la investigación histórica y arqueológica de nuestra región.

Yo estudié en Valladolid, y para el profesorado de aquella Facultad era el referente de muchas de esas materias en Cantabria, y aqui, sin embargo, nada. Supongo que es el precio de ser incomodo y nada tiralevitas.

Qué méritos queremos reconocer en nuestra sociedad a través de su recuerdo, dice mucho sobre cómo somos y qué valores promovemos. Al muerto, en todo caso, fijo que se la trae al pairo. Pero a nosotros no debiera.

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SOBRE LA EUTANASIA, CUYO DEBATE SE ACERCA AL CONGRESO, (y va a traer cola).

https://www.20minutos.es/noticia/3377633/0/ley-eutanasia-congreso-diputados/

De todos los sinsentidos de la sociedad actual, y más demostrativos de hasta qué punto las creencias religiosas no sólo afectan al comportamiento de los creyentes, sino a los derechos de la sociedad en su conjunto, el debate sobre la eutanasia es el más clarificador.

La oposición a la eutanasia nace necesariamente de la moral religiosa que considera, sin mayor fundamento, que la vida es un don divino, y que sólo dios puede disponer de élla, aún a costa de contravenir en primer derecho de la libertad individual, como es el derecho a disponer de la propia vida. ¿Acaso existe un bien más privativo?, ¿es moralmente aceptable que otros, en función de sus creencias, puedan decidir sobre tu vida o impedir que pongas fin a un sufrimiento terminal? Para muchos, parece que sí.

Es terrible constatar que, en muchas ocasiones, los mismos que adoptan las posiciones más radicales contra la eutanasia (término cargado de connotaciones negativas hasta el punto de que se prefiere hablar de muerte digna, como si existiese algo que pudiéramos denominar muerte indigna), son los que apoyan la pena de muerte, violentando sus propios dogmas (“no matarás”), con la justificación de un supuesto bien social: el castigo.

Sin entrar a que no recuerdo que la Biblia hable de “no matarás, salvo en el caso de…”, también conviene recordar que, después de lanzar este mandamiento, los propios textos sagrados están llenos de apelaciones a matar al vecino, por ejemplo, si no respeta la festividad semanal, o a cometer genocidios lapidaciones, torturas y un largo catálogo de brutalidades. Vamos, que los textos sagrados son un sin dios de contradicciones, lo que no deja de ser sorprendente.

Volviendo al tema, yo entiendo que se precisa una regulación que recoja las plenas garantías de enfermos, familiares y personal sanitario. Puedo entender que haya médicos que, por sus convicciones, puedan acogerse a la objeción de conciencia, al igual que entiendo que aquellos casos en los que el enfermo no ha dejado constancia de sus voluntades previas, ni de su testamento vital, y se encuentre en una situación sobrevenida, la decisión pueda recaer en la valoración de los criterios médicos y la propia voluntad de las familias. Ahí sí que hay materia para una regulación plenamente garantista.

Ese tipo de situaciones exigen protocolos muy estrictos, ya que no disponemos de la voluntad explícita del enfermo. Ahí no queda otra que acudir a la valoración de los criterios médicos y la voluntad de los familiares, y eso, ciertamente, tiene su complejidad.

Pero hay casos ordinarios que exigen una regulación urgente, porque la ausencia de dicha regulación ampara situaciones de una crueldad intolerable y de una violación de los derechos del individuo absolutamente inaceptable. Y me refiero a los casos en los que la voluntad del paciente ha quedado explícitamente expresada bajo unos determinados supuestos.

Conviene recordar, porque a menudo se acude a esos ejemplos, que la eutanasia es un derecho exclusivamente personal. Que por tanto no obliga a ser aceptada por quien no la solicita fehacientemente. Esto es muy importante, pues, para introducir más confusión interesada en el debate, se suele aludir a las ejecuciones por criterios de eugenesia, cuando el concepto es absolutamente diferente: Se aplicó, por ejemplo, a personas con discapacidad en la Alemania nazi SIN TENER EN CUENTA LA VOLUNTAD DEL ENFERMO, sino exclusivamente la voluntad de un Estado criminal por depurar una raza. Eso tiene un nombre: asesinato y genocidio. Hay más ejemplos históricos en muy diversas culturas, pero el calificativo no puede ser otro: disponer de la vida de otra persona sin su consentimiento es asesinato, (salvo que, a falta de voluntad explícita, un criterio médico, bien fundado, demuestre que la situación terminal y el sufrimiento inherente aconsejen acudir a una sedación irreversible o al menos, tan profunda que pueda comprometer la vida del paciente). Esos son los casos de más difícil regulación, pero eso no significa que sean inabordables, ni que no puedan articularse las debidas garantías.

Pero hay casos muy claros, y son los que aquellas personas que exponen ante fedatarios públicos su voluntad de ser tratados, llegados a una situación terminal o de extremo sufrimiento, con sedación terminal. De hecho, es sumamente recomendable suscribir ante las autoridades sanitarias el “testamento vital”.

Es urgente e imprescindible una verdadera ley de cuidados paliativos que incluya una regulación de dicha sedación terminal, es decir, la denominada eutanasia (cuya sola mención eriza los pelos de mucha gente, pues ya se han encargado algunos de cargarle con todas las connotaciones negativas que han podido).

Todos asumimos con total normalidad que a nuestras mascotas no las vamos a condenar al sufrimiento irreversible, por mucho cariño que las tengamos; es más, precisamente ese cariño es el que nos obliga a tomar una decisión que es una decisión de amor, de verdadero auxilio. Pero incomprensiblemente, nos produce muchos dilemas morales permitir que una persona, en una situación similar, decida poner fin por propia voluntad a una situación irreversible o insoportable, que en la mayoría de los casos trata simplemente de acortar la agonía y adelantar un final predecible o inevitable. Yo creo que la vida humana merece mayor consideración, como también mayor consideración merece el evitar el sufrimiento a los humanos.

Cuál es el criterio que alimenta esa distinción es más que evidente y procede de la tradición religiosa: los animales no tienen alma, mientras que las personas algunos creen que sí, y el alma, es para ellos una especie de decodificador prestado por un ente supremo que es el verdadero propietario y, por lo que se ve, ha suscrito contrato de permanencia a perpetuidad. Poco importa que nadie haya visto un alma a lo largo de nuestros cientos de miles de años de historia evolutiva, ni haya aportado prueba al respecto sobre su existencia. Las almas, los gnomos y las hadas tienen la virtud de existir, pero no de ser vistos, ni percibidos, ni dejan nunca evidencia alguna que pruebe su existencia. Aún así son entes tan ilusorios como determinantes a la hora de legislar al respecto. El amigo invisible dispone de tu vida. Es una cosa muy loca.

En todo caso, deberíamos convenir que ese litigio no afecta a terceros, sino al cuerpo portador de tal supuesto don y a su donante divino. Allá ellos y que se entiendan, en el caso, más que improbable, de que el ser supremo le pida cuentas a las puertas del infierno, del limbo, del purgatorio o de la Tierra Media.

Va a ser muy ilustrativo este debate del Congreso, y aunque hay quien opina que es una cortina de humo, lo cierto es que es un debate no sólo necesario, sino realmente urgente. Ahí tengo verdadera curiosidad sobre cómo se va a mover la habitual ambigüedad de socialistas y la indefinición, también habitual, de Ciudadanos.

Si piensan que se juegan poco, que sepan que se juegan mucho, porque así como hay temas legislativos que nos pueden afectar o no, lo de morirnos o rabiar mientras te mueres, es una posibilidad mucho menos remota de lo nos gustaría pensar. He de reconocer que, lamentablemente, mi partido sí que es predecible y nada ambiguo, algo con lo que estoy en profundo desacuerdo, por lo que me acojo a mi libertad de conciencia para manifestarme al respecto.

Me rebelo con verdadera rabia ante quienes quieren imponer sus convicciones morales a quienes tenemos otras, y que, con ello, nos hagan pasar por un sufrimiento cruel, estúpido e innecesario. No se extrañen de que sea tan beligerante contra las religiones que se arrogan el derecho a decidir por mi sobre mi propia vida. Es una injerencia de todo punto inaceptable, porque mi vida es mía y yo asumo con total tranquilidad la responsabilidad de mis decisiones cuando incumben exclusivamente a mi persona.

A mí, desde luego, no se me ocurre decidir sobre la disposición de la vida de los demás, ni seré yo quien prive de morir tras espantosa agonía a quien así lo decida. Está en su derecho.

Lo que nadie tiene el derecho es a hacer pasar por ese trance a quien no lo desea, y, encima, lo ha manifestado de forma inequívoca. Por ahí no paso.

No digamos ya el hecho inconcebible de que la asistencia al suicidio, por mucho que tal voluntad esté expresada por el enfermo, está penada por la ley, y que existen casos en los que la propia familia, por cumplir con una obligación moral, de amor y caridad, puede arruinar su propia vida.

Así como todos entendemos que el derecho al aborto es muy diferente a la obligación de abortar, el derecho a poner fin a la propia vida en unas determinadas circunstancias no implica la obligación de que aceptar esa salida a quien no lo desea. Cada uno es muy libre de elegir su credo, pero en absoluto de imponérselo a los demás.

Y como es así, que desde luego lo es, ¿dónde está el problema?

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EL DIFUNTO WOLFE CHOCHEABA

http://www.elmundo.es/cultura/literatura/2018/09/19/5ba0f306e5fdea883f8b461f.html

Quizás conviene precisar que no he leído el texto de Wolfe citado por el diario El Mundo, sino exclusivamente dicha reseña periodística, pero, de ser exacta la interpretación del periodista, no me queda otra que pensar que Wolfe chocheaba al hacer algunas afirmaciones absolutamente delirantes y alejadas de cualquier rigor.

Por ejemplo:

“A Darwin, acusado de plagiar a un naturalista olvidado llamado Alfred Russel Wallace, lo trata casi como si fuera un vendedor de hipotecas subprime. A su juicio, lo único que hizo este naturalista inglés fue inventar una cosmogonía, un relato mítico (y customizado) del origen del mundo. Algo que han hecho todas las religiones. Para Wolfe tiene la misma credibilidad la idea de que los seres vivos no aparecen de la nada, sino que tienen un origen y van cambiando poco a poco (evolución), que el Génesis bíblico o la mitología vikinga. Ninguna”.

Dejando aparte la inexactitud sobre el plagio a Wallace, al menos en los términos que lo formula, aseverar que la Teoría de la Evolución tiene la misma credibilidad que el Génesis o la mitología vikinga es una sandez impropia de alguien de su supuesto nivel intelectual.

La teoría de la Evolución es, como todas las teorías científicas, una propuesta de explicación de la naturaleza basada en evidencias, y, por su propia formulación, sometida a refutación total o parcial, cambios y progresos en función de nuevas evidencias o evidencias contradictorias.

Es, de hecho, la mejor explicación disponible ante un registro geológico y fósil que demuestra que el mundo ha sufrido enormes cambios y que las especies han cambiado, han nacido o se han extinguido a lo largo de este casi inconcebible espacio temporal.

Posiblemente la formulación de Darwin, que dilató publicar porque era consciente de lo revolucionario de su planteamiento y del choque con la religión que iba a provocar, es el mayor avance del pensamiento humano en la historia y ha cambiado radicalmente nuestra forma de ver el mundo. Incluso por encima de aportaciones como las de Newton o Einstein, aunque esto es un juicio personal.

Equiparar una teoría científica, basada en evidencias y sometida a continuo escrutinio y refutación, con un dogma inamovible, fruto de la revelación y delirante desde todos los puntos de vista, como es el Génesis, es algo absurdo que sólo puede entenderse como una simple provocación (lisérgica, efectivamente).

Lo de la ausencia de evidencias ya es de traca. No sé qué podríamos hacer con los millones de fósiles depositados en Museos y Centros de Investigación de todo el mundo.

Es obvio que la Teoría de la Evolución es universalmente aceptada en la comunidad científica, y que los debates no tratan sobre su verosimilitud sino sobre la precisión y explicación de procesos concretos y complejos. Hay evolucionistas como Richard Dawkins que afirman, en base al análisis de comportamientos animales, que la selección natural actúa a nivel genético (ver “El Gen egoísta” del citado autor), otros no han compartido ese análisis en todos sus términos (Stephen Jay Gould) y han propuesto mecanismos como el “equilibrio puntuado” que parecen explicar cómo es el desarrollo evolutivo.

La ciencia crece en el debate; la religión impide el debate o lo considera una ofensa (si excluimos debates bizantinos sobre el número de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler)

Pero en eso, la Teoría de la Evolución no se aparta de la dinámica de cualquier formulación científica. Así la Teoría de la Relatividad es la mejor explicación actual sobre los fenómenos físicos a nivel macroscópico, y sus predicciones no han fallado jamás (predijo el perihelio de Mercurio con muchísimos años de antelación, o la existencia de los agujeros negros, que luego la observación ha constatado como hechos ciertos), pero falla en la comprensión de lo microscópico. A escala subatómica disponemos de otra Teoría, la Mecánica Cuántica, que tiene el don de hacer predicciones con una gigantesca precisión, sin que lleguemos a entender exactamente por qué. Como bien expresó Feynman, uno de sus principales formuladores, con la famosa frase: “quien dice que entiende la física cuántica, es que no conoce la física cuántica”.

Equiparar la ciencia con los falsos relatos mitológicos es, además, una enorme torpeza por parte de Wolfe, pues precisamente las religiones se basan en dogmas de fe, y la fe es creer en aquello de lo que se carece de evidencias, y los dogmas son, por definición, inmutables y someterlos a revisión es herejía.

Darwin no tuvo una revelación, sino que llegó a sus conclusiones en base a la observación, y aun así, tardo décadas en hacer público un descubrimiento que suponía un cambio radical del conocimiento humano a todos los niveles, entre otras cosas por no herir los sentimientos de su mujer, que era de convicciones religiosas. Darwin nunca fue un provocador, y temía las consecuencias de su descubrimiento. Con la iglesia iba a topar y topó.

Hoy sabemos que conceptos como mutación, aleatoriedad, adaptación a los cambios del ecosistema, son reales y sólo se entienden porque existe un mecanismo que rige la naturaleza, y que es el principio de la selección natural. Un mecanismo que mucha gente no entiende bien, y que se enseña en las escuelas aún peor.

De ahí interpretaciones tan repugnantes como el “darwinismo social” que condujo a la eugenesia racista, o el erróneo concepto de adaptación del más fuerte (en realidad la selección no actúa así, la supervivencia del más apto puede ser fruto exclusivamente de la casualidad, no de la fortaleza, y con frecuencia es así).

El método científico propone justamente lo contrario que la religión. Desde que se publica una teoría es presa de decenas de especialistas dispuestos, porque así lo exige el propio método, a revisarla, a confirmarla en su caso, o a negarla total o parcialmente. Y si eso es así, es porque la ciencia busca la verdad, y la religión sólo impone una cosmovisión que por toda prueba aporta dudosos textos de épocas remotas, llenas de ignorancia (la edad infantil del hombre) o supuestas revelaciones.

Dice Wolfe: “El evolucionismo carece del mínimo rigor porque no presenta el testimonio de la prueba. ¿Cómo creer en algo que sólo podría comprobarse si alguien viviera seis millones de años?, se pregunta”.

Miente al afirmar lo primero, y delira al afirmar lo segundo: No hace falta vivir seis millones de años para conocer que ha existido (y actúa a día de hoy) la deriva continental, ni que existen mutaciones, unas inviables y otras que otorgan ventajas evolutivas, o que existe un amplio registro fósil, hoy complementado con estudios del paleo-adn que demuestran incluso la propia evolución de la especie humana (y por supuesto del resto de las especies).

Sobre sus críticas a Chomsky no entro, porque carezco del mínimo conocimiento, pero espero que no sean tan lisérgicas y poco rigurosos como las que dedica a la que quizás ha sido una de las mentes más brillantes de la humanidad: Charles Darwin.

Nota: evidentemente la teoría evolutiva ha sufrido cambios notables y precisiones importantes desde la formulación original de Darwin, y sin duda eso seguirá ocurriendo (a menos que alguien sea capaz de encontrar una explicación mejor a través de mejores evidencias), pero lo cierto es que en lo fundamental, la formulación de Darwin sigue siendo absolutamente válida: hemos llegado a la extrema complejidad, desde la mayor simplicidad por un mecanismo que incorpora al acervo genético de los seres vivos aquello que es una ventaja de cara a la supervivencia y, por tanto, a la reproducción.

Tiene la belleza de la sencillez, y el pensamiento humano no ha construido aún una explicación mejor. Quizás nunca lo haga.

Si el tema te interesa, te propongo este video. Es largo, pero es muy interesante.

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El regreso.

Por fin, pero sobre todo porque tengo tiempo ya que un nuevo tratamiento de quimio y la propia enfermedad me han obligado a coger mi primera baja en muchos años, me he dedicido a retomar el blog que abandoné durante tanto tiempo.

Lo cierto es que no albergo ninguna pretensión al escribir y había mantenido mi vocación por hacer públicas mis opiniones, sobre cualquier tipo de tema que me suscite cierto interés, utilizando Facebook. Pero no es lo mismo.

Facebook, y en mayor medida otras redes sociales, no parecen el lugar adecuado para publicar textos ni material multimedia con una cierta extensión. Ni tampoco parecen el espacio adecuado para mantener debates que requieran de matices y una cierta complejidad.

Todo parece ser en esas redes excesivamente inmediato, superficial y cargado de prejuicios, e incluso, en el mejor de los casos, intrascendente. No es una crítica a ese tipo de redes, sino la constatación de su propia naturaleza.

Creo que puede ser buena idea resucitar este espacio para que quien tenga cierto interés por pasar un rato leyendo, acceda a través de un enlace, y no se vea abrumado por un “tocho” que no le suscite mayor curiosidad.

Hago caso además a mi amigo Oscar que siempre me animó a retomar el blog, con lo que imagino tener un lector garantizado al menos. Si no lo hice antes fue por cierta pereza y por cierto temor, ya que mis opiniones en muchos aspectos no son nada cómodas, y aún menos coincidentes, con lo que se supone la ortodoxia del partido en el que milito y donde ostento un cargo de cierta relevancia, (aunque con una fecha de caducidad claramente definida).

He releído algunos de los post publicados hace años y debo advertir que no han soportado bien, en muchos casos, el paso del tiempo. En estos años he podido conformar criterios nuevos o, al menos, más depurados sobre muchos aspectos de mi vida y de mi propia relación con los demás.

Pero eso no significa que muchos otros de aquellos post antiguos no sigan plenamente acordes a lo que pienso actualmente. Hay un poco de todo.

Mi vida en este tiempo ha dado un cambio radical, pero también ha habido notables cambios en la propia escena política e intelectual. Me avergonzaría de haber mantenido un pensamiento inmutable y no hay algo que me de más temor que la gente que hace gala de haber mantenido a lo largo de su vida criterios invariables.

Para cerrar esta carta de reencuentro, los que me conocen -y muchos que simplemente me han escuchado en alguna ocasión- saben que soy ateo, defensor de la libertad individual como máximo valor social, incluyendo la libre disposición de la propia vida, activista, por tanto de la regulación y liberalización del cannabis, de la eutanasia, amante de la música y músico, y firme defensor de las libertades individuales frente a los acosos de los denominados valores colectivos, -aunque siempre con matices-.

Todo esto lo digo por una razón: esto es un blog personal. Nadie está obligado a leer lo que aquí escribo, por tanto a nadie voy a aceptar quejas ni supuestas ofensas. Si, ocasional lector, te ofende algo de lo que digo, te jodes. No seas masoquista, no leas opiniones que te hieren.

En todo caso, no pienso aplicar autocensura. Es mi opinión y tampoco pienso callar. No es mi ánimo ofender, pero en la sociedad actual siempre hay ofendidos. Yo no comparto esa forma de pensar tan extendida, no creo en los límites del humor, ni creo en la dictadura del pensamiento correcto. Creo que nada es más sagrado que la libertad de expresión y que la defensa de ese derecho incluye la ofensa como daño colateral inevitable.

Por poner un ejemplo, estos días eran de actualidad las salidas de tono de un personaje desquiciado, como lo es Willy Toledo. Cagarse en dios o en el misterio de la virginidad sólo demuestra un alto grado de estupidez -máxime existiendo formas mucho más sofisticadas de argumentar contra la falacia de la religión (de todas las religiones) y sus abusos institucionales-.

Lo que no comparto es que la estupidez sea elevada a la categoría de delito. Willy está en su derecho de cagarse en lo que quiera, como yo lo estoy en el de considerarle un memo en busca de notoriedad, cagándome, de paso, en su puta madre por su desastrosa contribución a un debate necesario, como es el de la necesidad de una sociedad laica, cuya política se aparte de creencias ancestrales y supuestamente reveladas.

El se caga en dios, yo me cago en su estupidez, y todos tan contentos, me sobra la intervención de los tribunales.

Y al que le guste lo que escribo, que lo disfrute, y al que se ofenda, que cambie de página. La vida es lo suficientemente jodida como para flagelarse. Si no te gusta, cambia de canal, no seas masoquista.

 

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