Bohemian Rhapsody

Esta semana ha sido muy musical. Primero, Lola y yo fuimos a ver Bohemian Rhapsody, el biopic de Queen, centrado en la vida de Mercury, y especialmente desde la época en que se unió a Taylor, Deacon y May para formar Queen, y que concluye con el concierto Live Aid, recordado por siempre como el triunfo de Mercury y la humillación de sus contemporáneos (que nunca olvidarán quién se llevó en aquella ocasión el gato al agua, pues estaba compitiendo contra absolutamente todas las estrellas de la música de aquel tiempo).

Como fan de Queen desde 1977, que soy, me gustó la propuesta de la película, centrada en la música y sólo dejando pinceladas del drama personal de Freddie (desde su orientación sexual hasta su muerte por Sida).

Por si fuera poco homenaje musical, el sábado estuvimos en el concierto de Muse en San Mamés, y no cabe duda de que Muse es, de todas las bandas actuales, la que recoge de forma más evidente ese legado heterodoxo y épico de Queen, tendente a la ampulosidad en los espectáculos en directo y variado en las propuestas musicales.

Mi amor por la música de Queen fue desde el inicio un amor a primer oído. Afortunadamente no había leído, antes de conocer su música, ningún texto de esa cosa de dudosa calificación que viene a denominarse “crítica musical”.

Recuerdo perfectamente que a finales del curso de 1977 me encontraba estudiando exámenes en el Colegio Mayor en el que me alojaba en Valladolid, cuando desde la ventana de una casa cercana escuché algo que me pareció tan fascinante como difícil de clasificar. Así que me asomé a la ventana a preguntar qué era aquello que estaban poniendo. Se trataba de “death on two legs” el tema que abre la primera cara de ese disco extraordinario llamado “Una noche en la ópera”.

La vecina, bastante enrollada, me dijo que me prestaba el vinilo (entonces no había ni mp3, ni internet, ni otra cosa que no fueran los vinilos y sus copias en casete). Acepté la oferta y ni que decir tiene que la primera escucha de aquel disco fue una experiencia absolutamente emocionante (sólo comparable a la primera escucha del Sargento Peppers de los Beatles, que pude experimentar siendo un niño cuando uno de mis hermanos apareció en casa con aquella joya).

Una noche en la ópera es una obra apabullante, extremadamente variada y divertida, y, sobre todo, absolutamente innovadora en su momento. Cuando al final del vinilo aparece la famosa canción que da título a la película: “Bohemian Rhapsody”, directamente no te crees lo qué estás escuchando, pues es de todo punto algo fantástico.

Desde ese día me volví seguidor fiel de Queen y no abandoné ese placer hasta que publicaron ese horror de disco titulado “Hot Space”, que podría tener el título de peor disco de Queen de toda su carrera.

Tardé años en recuperarme del shock de aquel disco impropio de semejante banda y en volver a escuchar sus trabajos posteriores, que, tras ese paréntesis horrible, volvieron a recuperar parte de la magia de los primeros años, como comprobé tiempo después. Mi ruptura con Queen fue un divorcio que duró más de una década, posiblemente ellos tenían más capacidad de buscar cosas nuevas (aún asumiendo graves riesgos), que yo de admitirlas.

Recomiendo el visionado del siguiente videoclip, con comentarios de Roger Taylor y Brian May que no tienen desperdicio, donde se demuestra que yo no era el único que consideró que aquella época indefinida de Queen a partir del horroroso Hot Space como algo absolutamente fuera de lugar. Me puedo imaginar la zozobra del resto de la banda cuando Mercury quedó prendado por la música disco y por una puesta en escena no ya gay, sino directamente carnavalesca en su sentido más chungo.

Como fan de Queen con “pedigrí” (por aquello de ser de los primeros, y mucho antes de que Freddie se convirtiera en leyenda) ya por aquel entonces no daba crédito a lo que se leía sobre la banda en los magazines musicales de la época.

Siempre he considerado a la mayor parte de la crítica musical como una serie de incompetentes de gusto dudoso y, lo que es peor, con nulo conocimiento musical, pero con el atrevimiento suficiente como para intentar dictar cátedra. Pero con Queen traspasaron todas las barreras de la ignorancia y la soberbia.

Queen fue siempre un grupo maltratado por la crítica, siguiendo en ese sentido los pasos de Led Zeppelin, a los que la crítica de su época masacró sin piedad, aunque asistiendo con impotencia a su enorme éxito de público y ventas, lo que le hizo ser aún más crueles e injustos con el grupo de Page y Plant.

Lo bueno del arte es que el tiempo pone las cosas en su sitio, y hoy pocos o casi nadie recuerda a muchos de los grupos encumbrados por el gafapastismo gacetillero musical, mientras que aquellos a los que destrozaba sistemáticamente, no sólo han resistido el paso del tiempo, sino que son hoy los principales referentes populares de la música de una época.

Cuando Queen ofreció en España (¡y no pude ir, no pude ir, no pude ir…!) el concierto de la gira Live Killers (justo después de la publicación de su álbum “Jazz”), el título de la crónica en la principal revista musical española fue: “Queen, el vómito”, y lo que se narraba era tan absolutamente demencial que nunca pude olvidarlo: desde calificar a May como un guitarrista poco competente (¡eso sólo lo puede decir alguien que jamás ha cogido una guitarra entre sus manos!), hasta mencionar a Mercury como un cantante mediocre, tirando a malo (de hecho, le calificaban como un Jagger de segunda división).

¿Dónde estaba el problema?. Pues donde siempre se encuentra, y es en el hecho de que la crítica periodística ha llevado siempre muy mal que algo triunfase en contra de sus dictados o sus gustos. Cuanto más criticaban a Queen, más discos vendían; un caso muy similar al que había vivido led Zepelin años antes.

Por eso me ha encantado leer el siguiente artículo de “El Español” en el que se recogen un par de críticas antiguas sobre Queen, que, leídas a día de hoy, producen bastante risa y que espero avergüencen sobremanera a sus autores, si es que aún se encuentran entre nosotros.

https://www.elespanol.com/social/20181104/fascistas-repetitivos-veian-queen-criticos-musicales/350715428_0.html

¡”Fascistas y repetitivos” según el crítico de El País! ¿Se puede ser más ridículo?. Si algo nunca ha sido el sello de Queen es el de ser repetitivos. Pocos músicos han ofrecido un repertorio más heterodoxo, donde se dan cita más estilos musicales diferentes, y dónde cada disco buscaba una evolución, un cambio, no exento de riesgos; (que se lo digan a Fito, que lleva haciendo veinte años la misma canción, bien por falta de inspiración o bien por terror a apartarse de la fórmula del éxito).

Queen, patinando en más de una ocasión, fueron cualquier cosa menos repetitivos.

Pero aún más gracioso es lo de “fascistas”. ¿De dónde sale tal calificativo?, pues parece ser que de la afición de Freddie, en aquella época, por vestirse con estética motera, bigotillo, pantalón y chupa de cuero con gorra militar: Es decir, estética gay de los círculos de “ambiente” de Alemania y EEUU en aquella época. Como vemos, calificativo nacido de la ignorancia total. No, Mercury no se vestía de motero fascista, sino de gay.

De paso, el crítico no duda en asegurar que Queen considera a las mujeres como objetos (supongo que por el poster que acompañaba a su disco “Jazz”, en el que se fotografía una perfomance en Wembley, con un montón de chicas desnudas en bicicleta, como promo de su canción “Bicycle race”. Calificar de “machistas” a Queen es absolutamente ridículo, máxime cuando Mercury demostró con su legado material hasta qué punto lo más importante de su vida, aún siendo gay, fueron las mujeres: Mary Austin, su novia y amiga de por vida, su madre, su hermana, y en lo artístico, la propia Montserrat Caballé).

También tiene su gracia el pasaje que califica a Mercury como alguien que no canta ni bien, ni mal, pero que lleva un mago como técnico de sonido. No se atreve a decir que canta mal (demasiado obvio que no es así), pero tampoco quiere decir que lo hace bien, quien hoy en día es aclamado como uno de los mejores vocalistas de la música contemporánea. ¿Se puede ser más parcial y más ignorante? Incluso lo denomina “conejo chirriante”, por sus dientes prominentes. Todo muy profesional, como se ve.

Recapacitemos. En aquellos años no existía el Autotune, ni ningún otro software o dispositivo capaz de afinar a un cantante que no sabe cantar (por ejemplo, Enrique Iglesias). En los años setenta un técnico de sonido podía entregar una buena mezcla de lo que sonaba en el escenario, pero no existían los “milagros” tecnológicos. Se escuchaba lo que había, y Mercury tenía voz, técnica y talento para dar y regalar, como el tiempo ha dejado bien claro.

También tiene su cosa leer que un virtuoso como Brian May (posiblemente uno de los cinco guitarristas más personales, con mejor técnica y mayor musicalidad de la historia del Rock) era un imitador de Hendrix o de Townshend.

El crítico que escribió esto demostró varias cosas: la primera es que no ha cogido una guitarra en su vida, la segunda es que desconoce la técnica y el estilo de Hendrix o de Townshend, la tercera es que no entiende que la forma de tocar de Hendrix y Townshend poco tienen que ver entre sí, y su parecido con el estilo de May es…básicamente ninguno.

Hoy en día pocos aficionados a la música dejarán de reconocer que la obra de Queen, que trasciende la calidad individual de sus miembros, es, posiblemente después de los Beatles, el mayor legado musical del siglo XX dentro de la música rock.

Al igual que los Beatles, ocurre que su obra trascendió la calidad musical de sus propios miembros, porque en ambos casos la magia nace de la suma de talentos, de las aportaciones y la propia motivación y competencia artística entre sus miembros.

Me encanta en lo personal, releer esas viejas críticas y poder decir, ya, sin lugar a duda, que Queen ha pasado a la historia como uno de los fenómenos más grandes de la reciente historia musical, y que sus críticos, cuyos textos ya no pueden ser borrados, lo han hecho como los majaderos que en su día emitieron opiniones que hoy recordamos entre carcajadas.

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Sobre la Ley de Muerte Digna y la contaminación de la fe.

https://elpais.com/sociedad/2018/10/16/actualidad/1539681397_933334.html?id_externo_rsoc=FB_CM

Despacio, sí, pero avanzando, aún con la triste sensación de que nuestra actual dirección nacional del partido, consciente o inconscientemente, se enroca en posiciones ultramontanas cada vez que más alejadas del pensamiento mayoritario de la sociedad española, al abordar los problemas denominados “de conciencia”.

Puedo imaginar que en Ciudadanos (partido cuya postura en este y otros asuntos no acaba de darme total confianza, y eso que, sinceramente, me encantaría estar equivocado en dicha apreciación), estén dando palmas viendo cómo nuestra deriva hacia posiciones ultraconservadoras, en estos ámbitos, les deja el camino expedito para ocupar el centro del espacio político, que es donde suelen estar la virtud y los votos).

Hay dos leyes avanzando a diferentes velocidades en nuestro Congreso de los Diputados. Me atrevo a decir que una es de urgente humanidad y que la otra es de importante necesidad: me refiero a la ley de muerte digna (cuidados paliativos) y la ley de eutanasia, que no son lo mismo, pero en ningún caso son contradictorias, ni se excluyen entre sí.

No me parece en absoluto un despropósito que Ciudadanos pretenda una reforma secuencial, en la que primero abordar la muerte digna y el sistema de derechos y garantías para los cuidados paliativos (que deberá venir acompañada, sin duda, de medios, recursos e inversiones que permitan a nuestra sanidad pública tener una cartera de servicios paliativos de calidad, lo que no ocurre hoy en día en todos los casos), y posteriormente abordar la eutanasia.

Ahora mismo, en la sanidad española, el sufrimiento del paciente terminal depende mucho de en manos de quién cae o en qué centro hospitalario es atendido, y eso no puede ser.

Ya sé que a casi nadie le apetece leer sobre estos temas, porque nos hemos acostumbrado a pensar que la muerte y el sufrimiento son posibilidades remotas que, en todo caso, uno podrá ir lidiando si tiene mala fortuna.

Pero el argumento es absurdo, pues no hay mayor certeza -quizás la única- que la de saber que a todos nos espera la muerte, y que el proceso hasta ese momento podría ser una tortura.

Podemos optar por mirar hacia otro lado, para no entrar en depresión, o ser previsores y crear un marco legal que nos proteja cuando llegue, si es que llega, una circunstancia de esas características. Tanto si le ocurre a uno mismo como a alguien cercano, conviene ser previsor, porque cuando se desencadena el problema, esperar una solución inmediata no suele ser ya una opción.

Los cuidados paliativos, mucho me temo por las opiniones que he pulsado, son, a día de hoy, la cenicienta de la sanidad pública, a pesar de la calidad y la voluntad de muchos de los médicos que se dedican a este ámbito. Es el propio sistema el que no da a dicho ámbito la atención que merece.

Y no deja de ser curioso, ya que así como otras especialidades quizás no las necesitemos nunca y aun así deseamos que estén bien dotadas profesional y técnicamente, por si las moscas y porque somos conscientes de que muchas personas pueden necesitar de tales servicios, en el caso de los paliativos e incluso de los paliativos para enfermos terminales, es mucho más seguro que nosotros o alguien de nuestro entorno, tarde o temprano, necesite de esa atención que está destinada a evitar, ni más ni menos, que el sufrimiento.

Y no deja de ser triste tener que decir que me alegro profundamente de que nuestro partido se haya quedado sólo en una cuestión sobre la que existe una unanimidad del resto de las fuerzas parlamentarias y un amplio consenso en la sociedad española.

Pero me alegra, porque es síntoma de que ese aislamiento no va a poder evitar que nos dotemos de una ley que es tan necesaria para tantísimas personas HOY y MAÑANA (los que murieron entre sufrimientos no tienen otra que revolverse en sus tumbas, pues para ellos este tema llega tarde, incomprensiblemente tarde, e inhumanamente tarde).

Creedme que estoy escribiendo con una notable contención, pues el cuerpo y la ética personal me piden llamar a las cosas por su nombre, y su nombre no iba a gustar nada de nada entre muchos de mis compañeros de partido.

Dada mi situación actual, prefiero cierta tranquilidad hasta que llegue el muy próximo momento de dejar la política, pero como tampoco tengo mucho que perder, el ejercicio de autocensura que me vengo exigiendo empieza a ser titánico.

Afortunadamente la estulticia de la actual coalición de gobierno de PSOE y PODEMOS en casi todas las materias -que nada tienen que ver con éstas de las que ahora escribo- y que tanto nos afectan en otros aspectos de la vida, me permiten cierta cohesión con los postulados oficiales de mi partido, pero cuando veo determinados ejercicios de sobreactuación, o afirmaciones que parecen sacadas del “florido pensil” de la España franquista, me revuelvo en la silla por el dolor de las hemorroides. Y ya se sabe que las hemorroides en silencio duelen aún más, si cabe.

De la noticia del enlace (periódico El País) quiero destacar algunas cosas, porque me indignan como persona y como enfermo. No se puede decir que en España no existe “el problema” (refiriéndose al caso de personas que desean una muerte asistida por profesionales médicos a seguir viviendo un calvario). Decir eso no sólo es falso, sino que es de una insensibilidad intolerable. Por supuesto que ese problema existe y que está perfectamente documentado por diversas organizaciones sociales.

Hay enfermedades y acontecimientos que no matan, o que si lo hacen es en plazos muy largos, pero que obligan a vivir una muerte en vida. Decir que eso no existe y que no hay personas en esa situación que desean morir en un entorno de afecto y gracias a la atención de profesionales mediante un procedimiento clínico, indoloro e incruento, es algo incalificable.

Decir, como he leído, que la propia muerte no es un derecho es ya el colmo del despropósito. De todos los derechos básicos de un individuo, el derecho a la vida (de las personas) al igual que el derecho a evitar el sufrimiento, incluso optando por abandonar el proceso vital, es el derecho más íntimo, inalienable y privado que se me ocurre.

Por eso en una ley de muerte digna, así como en una regulación del suicidio asistido y eutanasia hay un principio fundamental que todo lo articula, y es el de la voluntad explícita de la persona afectada. (En ningún caso es un derecho que viole el de terceras personas), pues quien sufre sus efectos sólo puede ser aquel que toma de forma clara y explícita la citada decisión.

Por eso estoy tan de acuerdo con el ponente de Ciudadanos cuando recalca algunos aspectos de su iniciativa legislativa:

“Se trata de un debate secuencial, el de los cuidados paliativos y la eutanasia. Si no sé cuántos derechos tenemos garantizados para el final de la vida no sé cuál debe ser mi postura sobre la eutanasia”, explica el diputado, médico de profesión, que ha defendido siempre la posición del partido en este asunto en los debates en el Parlamento. El partido razona que su ley define el marco de los cuidados paliativos y todo lo que está fuera sería la eutanasia, por eso primero hay que clarificar ese marco.

Reitero, totalmente de acuerdo. Es la ley que define los cuidados paliativos la que debe anteceder (pero siempre con la urgencia debida) a la ley de eutanasia, ya que la eutanasia se supone que regula la situación de aquellos pacientes que quedan fuera del marco de la primera. Hasta ahí, perfecto.

Mi único miedo es que este argumento sirva para dilatar el debate en el tiempo, pero por esta vez, le daremos a C,s cierto crédito. El tiempo dirá si fundada o infundadamente.

La ley de muerte digna de Ciudadanos regula los cuidados paliativos, entre ellos la sedación terminal —la que se proporciona aun a costa de adelantar la muerte—, que ya es legal. Lo que busca es armonizar las leyes autonómicas que ya existen y consagrar como un derecho —y por lo tanto exigible— los cuidados paliativos. También fija la preeminencia de la voluntad del paciente a la de los sanitarios —esto es, limita la objeción de conciencia, si la hubiera—.

Ese aspecto me parece muy interesante de ser destacado. En primer lugar es inconcebible que la sedación terminal (entiéndase aquella aplicada a un enfermo terminal para paliar el sufrimiento, aun a costa de adelantar el proceso de la muerte) no sea un derecho y, por tanto, exigible.

En segundo lugar, la voluntad del paciente es esencial, debe ser explícita y prevalecer siempre sobre posibles criterios éticos de los facultativos. No te vaya a tocar la Santa Teresa de Calcuta de guardia, que como sabemos pensaba que el sufrimiento era la imitación de Cristo y el camino más corto para la vida eterna. Esas almas santas prefiero no verlas o verlas lo más lejos posible.

Pero lo que me ha llegado al alma (a esa misma alma que el anterior Papa especulaba si era cualidad presente en los neandertales o no) es la afirmación del Presidente de mi Partido:

“El PSOE es experto en sacar problemas que no existen para dividir a los españoles con sus creencias más íntimas”

Sobre las torpezas, injusticias y desmanes del Psoe podemos escribir libros y hasta una tesis (y sin necesidad de copiar ningún párrafo), pero decir que este problema (el del derecho a la muerte digna y la sedación terminal) no es un problema real con un claro posicionamiento de una amplia mayoría de la sociedad española, es falso.

Mucho peor es decir que este tema divide a los españoles en sus creencias más íntimas.

Y se explica muy fácilmente: la posición de la Dirección de mi partido sobre el derecho a la sedación terminal con prevalencia del criterio del paciente, la despenalización del suicidio asistido o la regulación de la eutanasia precisamente nace de esa intolerable ambición de una parte (hoy minoritaria) de españoles que creen que pueden imponer SUS CREENCIAS MÁS ÍNTIMAS a los demás.

Y esto es así porque una buena ley de eutanasia o de muerte digna a nadie obliga a acogerse a los derechos que le reconoce como ciudadano (uno puede ser voluntario a sufrir, rabiar, ganar el cielo y lo que le dé la gana y no hay ley que le impida semejante ejercicio, si es lo que sus creencias le aconsejan, ni la habrá), pero sin embargo, cuando se niega ese derecho a quién querría ejercerlo por ser víctima de su propia desgracia, entonces es cuando realmente se están imponiendo esas creencias a quienes no las comparten.

Un estado aconfesional del siglo XXI no tiene derecho a imponer creencias ni íntimas de ninguna naturaleza a sus ciudadanos, y si de esa imposición se derivan situaciones de sufrimiento y dolor, deberíamos hablar de actuación criminal del Estado.

Por eso no debemos pasar.

Sólo espero que se imponga la razón y la cordura, la solidaridad, la piedad y la empatía -que es lo que nos hace humanos.

Y también espero que Ciudadanos, para variar, mantenga el criterio y no lo cambie al albur de la demoscopia, como hace tantas veces.

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ABUSO DE PODER. LOS DROGOTEST.

He leído recientemente que hay un verdadero interés por extender los famosos drogotest para que sean efectuados no sólo por la Guardia Civil de Tráfico, sino también por las policías municipales (¡lo que nos faltaba para el duro!). La cosa es seguir puteando y exprimiendo al ciudadano.

https://www.brotsanbert.com/articulos/drogotest-seguridad-vial-o-recaudacion

La razón expuesta por nuestras sesudas autoridades es que en casi todos los test que se vienen realizando arrojan resultados positivos. ¿Qué podrían esperar de un test que no detecta si conduces bajo los efectos de una sustancia, sino la presencia en el organismo de “trazas” de haber consumido?

Una ley de seguridad vial se supone que debe evitar que se conduzca bajo los efectos psicoactivos de una determinada sustancia. Así es, de hecho, en el caso del test de alcoholemia, pues existe una correspondencia entre la tasa de alcohol en sangre y sus efectos en la conducción cuando dicha tasa es superada. ¿Pero, qué es lo que miden los drogotest?.

Cualquier consumidor de cannabis, por ejemplo, pero también de otras drogas ilegales o legales, como las benzodiacepinas, dará positivo a “trazas” en el organismo aunque el consumo se hubiera realizado muchas horas, días e incluso semanas anteriores al análisis. Dicho de otra forma, cualquier consumidor habitual, que realice su consumo en el ámbito privado y se abstenga de conducir estando bajo sus efectos, dará de todas formas positivo, aunque de dichos efectos psicoactivos no exista ya ni el más leve síntoma.

Esa y no otra es la razón por la que existen tantos positivos en dichos controles. Por poner un ejemplo muy claro: si una persona se pone hasta las patas de cubatas el fin de semana (está en su derecho) y es lo suficientemente responsable como para no conducir en tales circunstancias (es su obligación), cuando llega el lunes, puede conducir y desarrollar su actividad con perfecta normalidad. En un control de alcoholemia que se le practicase ese mismo lunes, daría negativo, puesto que los niveles de alcohol en sangre habrían desaparecido a efectos del test de alcoholemia. Esto es lo lógico, ya que no hay borrachera ni colocón que mantenga sus efectos durante decenas de horas e incluso días.

Pero si un individuo hubiera consumido esas otras sustancias psicoactivas en ese mismo fin de semana, y, el lunes condujera en perfecto estado físico y sin síntoma alguno de haber consumido dichas sustancias, daría positivo de todas formas, porque la ley -en lo que parece una motivo de clara inconstitucionalidad- prohíbe que el organismo conserve “trazas” de aquel consumo, aunque sus efectos hayan desaparecido de forma absoluta del organismo.

Si el test de alcoholemia detectara “trazas” del consumo, el número de positivos sería cercano al 100%, pero como en este caso se mide la concentración de alcohol, no las trazas de su presencia, eso no ocurre. Cosa razonable, ya que se trata de evitar que la gente conduzca en un estado de embriaguez, no de que no haya consumido alcohol en los últimos días, semanas o meses.

Este Estado fiscalizador, que no pretende garantizar la seguridad vial, sino sancionar (y recaudar) a la gente por sus hábitos en vez de por los riesgos que puede provocar, todavía quiere incrementar unos controles que son de todo punto una vulneración de nuestros derechos ciudadanos -los de todos, no nos engañemos-.

Porque si lo que se pretendiera es proteger la seguridad, los drogotest tendrían la capacidad de medir no sólo la existencia de restos en el organismo, sino la concentración de dichas sustancias y su relación con sus posibles efectos en el manejo de vehículos.

Pero no, eso no es lo que se mide. Lo que las autoridades y la prensa (ignorante o malintencionada en muchos casos) nos venden como “positivo en drogas”, y que el público traduce como “conducía drogado”, es una falacia.

La mayoría de esos positivos no están determinando si el conductor se encontraba bajo dichos efectos, sino el mero hecho de haber consumido con anterioridad (y esa anterioridad puede ser de largos periodos de tiempo), sin capacidad de determinar si, en el momento de dicho test, esa persona está bajo los efectos de dichas sustancias o sin ningún efecto. ¿No es eso un auténtico atropello?

Señores de la autoridad: si ustedes de verdad pretenden trabajar por mejorar la seguridad vial, la solución no pasa por extender el uso de unos drogotest que son incapaces de detectar realmente el estado del conductor para realizar una actividad potencialmente peligrosa.

Pero me temo que ustedes no quieren evitar esos comportamientos, sino penalizar y exprimir a los ciudadanos por sus costumbres y hábitos, aunque estos no puedan afectar a su capacidad como conductores. La cosa es recaudar e interferir en la vida privada de la gente. No hay ninguna otra razón.

Porque si lo que quieren es trabajar por la seguridad vial y por la protección de los derechos individuales de los ciudadanos, estarían en la obligación de desarrollar y homologar unos test que midan lo que se supone que deben medir, que es la conducción “bajo los efectos” de las drogas, y no su mera presencia residual en el organismo.

Cuando algún responsable dice, -y lo he escuchado-, que dichos drogotest no dan falsos positivos en consumidores habituales, aunque no estén bajo los efectos de dichas sustancias en el momento del control, es que miente. Así, simple y llanamente, miente.

No hace falta decir que tales tests, aparte de imprecisos y de no saber cuantificar el nivel de una sustancia y su relación con la capacidad de su consumidor para conducir o hacer actividades potencialmente peligrosas, son, además, muy caros.

Aquí alguien está haciendo el agosto, y, si es posible, va a ampliar su mercado implementándolos en las policías locales. Resultado: compramos (usted y yo) unos test carísimos, incapaces de arrojar resultados que determinen los riesgos para la seguridad del tráfico, pero útiles para sancionar a una porcentaje altísimo de los conductores. Eso sí que es un negocio en toda regla.

Cuando a mí me ocurra, que puede ser en cualquier momento dado que consumo habitualmente sustancias para conciliar el sueño, no sólo no pienso abonar la sanción (ya que jamás, insisto, jamás conduzco bajo los efectos de ninguna sustancia), sino que pienso gastarme mi dinero en acudir a cuantas instancias administrativas y judiciales sea necesario.

En esto, como en tantas cosas, lo que hay que hacer es defender nuestros derechos, y dejar de asumir con naturalidad lo que no es otra cosa que un claro abuso de autoridad y un enfermizo afán recaudatorio.

Ya que tanto nos preocupa la constitucionalidad de las normas, este es un claro ejemplo de vulneración de tal principio.

Pero mientras tanto, miles de personas, bien por evitar que se trascienda dicho positivo, bien porque sale más barato pagar que pleitear, abonan la multa y cruzan los dedos para que no sea la primera de una larga lista de denuncias.

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SACRO Y PROFANO

http://www.elmundo.es/f5/comparte/2017/01/12/58762b2246163f6b048b456e.html

Los pastafaris llevan años intentando su reconocimiento oficial. Puede que sus planteamientos, a priori, nos resulten ridículos (de hecho lo son, porque dicha religión nació en Estados Unidos  precisamente como un acto subversivo, para denunciar los privilegios de los cultos históricamente dominantes, que consiguieron mediante presiones que en la enseñanza pública se enseñase el creacionismo, como si fuese una alternativa científica al evolucionismo).

¿Con qué criterio objetivo consideramos más ridículo un credo -el pastafari o cualquier otro minoritario- que los del resto de religiones social y legalmente aceptadas y reconocidas?

La respuesta es obvia: por tradición cultural.

He escuchado a muchas personas tildar a la religión “pastafari” de ridícula y calificar sus dogmas como delirios sin sentido, pero no existe una sola evidencia racional para tales calificativos que no pueda ser aplicada a cualquier religión del planeta. Cierto es que pensar que el creador del universo es un ser con forma de espagueti con albóndigas parece poco creíble; pero no mucho menos que pensar que un patriarca, que vivió 950 años, recibió el divino encargo de salvar a todos los animales, de un diluvio que el mismo Dios pensaba mandar para ahogar a todo quisqui.

Así se salvaron TODAS las especies del planeta: embarcándolas en un arca de madera. Las tortugas casi llegan tarde, y los dinosaurios perdieron el embarque.


La ciencia nos dice:
La cifra más precisa calculada hasta la fecha es que en la tierra, en la actualidad, hay en torno a 8,7 millones de especies: donde 6,5 millones se encuentra sobre la superficie y 2,2 (un 25%) habita en las profundidades del océano. Piensen en el tamaño de un arca en el que quepan 6,5 millones de especies, lo que -groso modo- significarían 13 millones de ejemplares (dos sexos por especie, en la mayoría de los casos, que no en todos). No cabrían, pues, ni en toda la flota de barcos del mundo.

Y como ese ejemplo hay miles y para todas las religiones. También es un hecho cierto que hay interpretaciones de los textos sagrados más fundamentalistas que otras.

Si nuestro espíritu crítico se sorprende ante revelaciones que no pasan el filtro de un análisis racional, pero, sin embargo, acepta otras similares como algo normal, no es porque unas creencias sean demostrablemente ciertas y otras no (puesto que ninguna soportaría carga de prueba alguna), sino porque a través de generaciones hemos dejado el pensamiento crítico en suspenso ante aquellas que son culturalmente nuestro entorno, mientras que otras nos parecen el producto de un delirio, pues recuperamos ese pensamiento crítico sin condicionantes culturales.

Como suele decir Dawkins, la antropología ha identificado miles de religiones a lo largo de la historia del mundo. Desde cultos tribales hasta las grandes religiones monoteistas. Pero los creyentes solo creen en una, nadie profesa dos religiones; por tanto son ateos de centenares o miles de dioses. Los ateos sólo añadimos un dios más.

Pongamos un ejemplo. En España es residual, pero en Estados Unidos los mormones tienen miles de feligreses y son una religión perfectamente establecida. ¿han leído ustedes algo sobre la iglesia mormónica? Les garantizo que lo del espagueti volador no le queda muy lejos.

Si todo esto les suena muy loco, les advierto que en España existe un organismo, “La Comisión Asesora de Libertad Religiosa” encargada de evaluar la “credibilidad” y otros aspectos de los credos, dogmas, y liturgias religiosas, con carácter previo a su incorporación oficial a un registro público.

Es decir, que hay unos señores que deciden qué fe religiosa tiene “credibilidad” y cuál no. Cómo pueden decidir sobre la credibilidad de una fe es en sí mismo un misterio, también religioso.

En  España hay cerca de 17.000 entidades religiosas inscritas.

La mayoría de las entidades (unas 13.000 y que representan el 76 por ciento del total) están vinculadas a la iglesia católica, seguidas de las evangélicas (13 por ciento), musulmanas (8,6 por ciento), ortodoxas (0,67 por ciento), budista (0,44 por ciento) y judía (0,18 por ciento). También hay representación de la comunidad Baha’i, Hinduista, Testigos de Jehová, Mormones y de la Ciencia de Cristo, así como de entidades paganas.

La citada Comisión aplica, por lo visto, diversos criterios, entre ellos el de “credibilidad” , para evaluar los credos y organizaciones religiosas, lo que ya de por si tiene su miga.

Es inapelable que si aceptamos determinadas creencias religiosas, mientras que otras nos dan risa o las calificamos de ridículas, se debe exclusivamente a criterios culturales, y, por tanto, variables en función de las zonas geográficas.

Así en Arabia será sencillo encontrar personas que den toda la credibilidad del mundo al Corán, pero será difícil encontrar alguien que de credibilidad a la fe cristiana evangélica, mientras que en determinados Estados de América, es sencillo encontrar fieles que den credibilidad al creacionismo, y más difícil encontrar a quien siga las creencias del hinduismo. En la India ocurre justo lo contrario.

Como decía Dawkins, algo sospechosamente humano subyace al hecho de que todo el mundo, con carácter casi general, cree en la religión dominante del lugar o la comunidad donde nace y, al mismo tiempo, todo el mundo está seguro de creer en el dios verdadero.

Esa vinculación entre zonas geográficas y predominio de un tipo de creencias es la demostración de que nos encontramos ante un hecho cultural.

Aunque parezca increíble, en España, católica y romana de forma tan mayoritaria, se estima que hay unos 45.000 mormones, y de hecho hay un templo espectacular en Madrid, en el distrito de Moratalaz.

Madrid. Iglesia de los mormones.

Los mormones creen en un Dios cristiano de cuerpo tangible, que eligió a Jesucristo como su primer hijo antes de la creación del mundo y a partir de ahí creó al resto de los seres humanos a su imagen y semejanza. Su trono, que es de este mundo, se encuentra en un planeta denominado Kólob. (Desconocido para la ciencia de la astronomía, evidentemente).

Pues bien, la iglesia mormona ha superado el criterio de “credibilidad”, que aplica la citada Comisión Ministerial. Seguro que a la mayoría nos parece de locos (excepto a los mormones), pero lo cierto es que, objetivamente, los desvaríos de los mormones no son mayores que los del resto de las religiones. La diferencia es que en unos casos esos desvaríos nos han sido inculcados desde niños y por familiaridad nos suenan como razonables, y en otros, como el del ejemplo de los mormones, nos suenan como la locura que son, ya que les aplicamos el criterio de la razón.

De momento, la iglesia del Monstruo del Espagueti Volador no ha superado dicha prueba de “credibilidad” y no la quieren inscribir. Un dios mono, sí; un dios corpóreo que vive en un planeta inventado, sí; pero el pobre Monstruo de los espaguetis, no. ¿No es pura discriminación?

Todo esto no tendría mayor importancia si no fuera porque nuestro código penal contiene el siguiente anacronismo:

  • Artículo 525: “1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican. 2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.”

Nota al margen: El punto 2 tiene su gracia, ya que no entiendo cómo puede ofenderse el “sentimiento ateo”: ¿cagándote en la nada? Porque no constan ritos, ni dogmas, ni creencias, ni ceremonias ateas. ¿Cómo se puede ofender a un ateo o a un agnóstico por su no creencia?

Como puede verse, el punto 1 del citado artículo 525 tiene más peligro que irse de la lengua en una comida con Villarejo.

Conviene matizar que, por supuesto, el castigo a la vejación hacia las personas que profesen un credo es razonable. De hecho, lo razonable es que se sancione el vejar a las personas por su opinión, sea religiosa o de cualquier naturaleza.

Como hay otro artículo que castiga el presentarse en un lugar de culto a ofender, que me parece muy bien que esté, porque a ver de qué se va a tolerar que nadie vaya a joder el derecho del prójimo a profesar su religión.

Pero lo de ofender los sentimientos es tan subjetivo y tan amplio como sensibilidades haya. De hecho es tan amplio que su interpretación literal obligaría a abstenerse de cualquier comentario crítico o satírico sobre cualquier religión y ¡hay más de 17.000 entidades inscritas sólo en España!

Así, si yo digo que Joseph Smith, fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días (mormones) era un estafador -no un chiflado, sino un caradura- que se inventó una religión, con decenas de dogmas que son una auténtica chorrada, con alusiones a planetas imaginarios y seres divinos de residencia extraterrestre, ¿me pueden imputar penalmente en virtud del citado artículo? La respuesta es sí.

Y también puedo ser procesado si me cago en el dios-mono Hánuman, adorado por los hindúes. Sólo haría falta que una asociación de hinduistas se sintiese ofendida y pusiera una denuncia.

Dicho en palabras llanas: si me cago en Hánuman o en el “profeta” Smith, me pueden condenar, de igual forma que si lo hago en un dios de las principales religiones monoteístas o en cualquiera de los dioses, profetas, liturgias y dogmas de las religiones reconocidas por un registro público ministerial.

La diferencia estriba únicamente en que si te cagas en Hánuman, a nadie le importa un rábano, porque el tal dios nos parece una extravagancia en esta parte del planeta, pero si lo haces en un dios de una religión más aceptada en tu ámbito geográfico, te puedes meter en un lío, como le ha pasado a Willy Toledo, por cagón.

También debemos reconocer que el humanismo ha progresado lo suficiente como para que cagarte en dios en nuestro país no sea especialmente peligroso. Hace tres siglos te hubieran hecho un vuelta y vuelta a la brasa, y no te digo nada si te cagas en Ala en un país árabe, por muy siglo XXI que sea. Matarile garantizado.

Pero un análisis racional nos debe llevar a la conclusión de que todos ellos son actos idénticos (cagarse en una presunta deidad) y que la diferencia la establecemos en base al objeto de nuestro acto escatológico (en nuestro ámbito, grave si es el dios cristiano, intrascendente si es un dios raro de la India o similar). Esa distinción la hacemos por nuestra tradición cultural.

Para el resto de las opiniones -al margen de las religiosas-, no establecemos ese estatus que las protege de cualquier ofensa o de los exabruptos de cualquier personaje con diarrea mental.

Si yo me cago en Einstein, en la teoría de la relatividad, en Darwin, En el presidente del gobierno, en el Real Madrid, en el Barsa, en los comunistas, en los fascistas, en el liberalismo, en el cine de Hollywood, o en las carreras de coches…es decir en cualquier otra cosa, persona u opinión, me ampara el derecho a la libertad de expresión.

Pero no me ampara si lo hago en seres que son, para mí y para millones de personas, imaginarios o si lo hago en rituales que son, para mí y para millones de personas, incomprensibles y en muchos casos perversos y dañinos.

Existe una clara disfunción intelectual en cómo abordamos toda esta materia. Conviene matizar que el hecho de ir por la vida molestando a la gente y cagándose en todo, me parece burdo, de pésimo gusto y que califica al personaje. De ahí a montarle un proceso penal va un trecho muy poco presentable.

Sin duda las religiones han tenido éxito a la hora de conseguir un estatus de “superioridad” respecto del resto de creencias y opiniones humanas. Nuestra sociedad y nuestras leyes consideran unas creencias “inviolables” y otras no.

Y lo cierto es que no hay ningún hecho objetivo que permita ni aconseje establecer esa distinción legal entre pensamientos sacros y profanos. De hecho no debería haber esa distinción en un Estado aconfesional. Un Estado debe ser laico por definición, pues lo conforman millones de ciudadanos de diversas creencias y de ninguna.

Yo creo, como mucha gente, que la libertad de opinión y expresión debe prevalecer sobre los sentimientos subjetivos de la gente, y que las excepciones deben ser pocas. De hecho, cuantas menos, mejor.

Los recortes de libertades nunca han llevado a nada bueno. 

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AQUÍ EL QUE NO SE OFENDE ES UN RARO

En esta sociedad ultrapuritana que nos ha tocado vivir, es más difícil hacer algo y que nadie se ofenda que la inversa. Es más, me atrevería a afirmar que si alguien hace algo y nadie se ofende, es que lo ha hecho mal o no se le ha entendido, porque no hay individuo ni colectivo que no considere sus convicciones como valores universales inviolables y, por tanto, todo aquello que le molesta debe considerarse una ofensa digna de ser castigada con el código penal, o el civil, como mínimo.  

Esta mañana, estando de baja y teniendo poco que hacer, me he puesto a leer las entradas que aparecen en mi Facebook, y, sin asombro de ningún tipo (asombrarse empieza a ser una tarea de difícil cumplimiento, dada la estulticia generalizada) he encontrado razones para quedar perplejo por opiniones procedentes de dos extremos del espectro ideológico, por llamarlo de alguna manera.  

La primera de ellas, nos habla de una feminista que “acusa a la ciencia de sexista por postular que hombres y mujeres son anatómicamente diferentes”, que es algo así como acusar a la ciencia de racista porque a la materia que no se ha conseguido observar se le llama “materia oscura”.  

En fin, una idiotez como la copa de un pino, que no tendría mayor trascendencia si no fuera porque el propio artículo de El País hace suyo el argumento de las “mentiras sexistas de la ciencia”.  

Lo mejor del caso es que en ningún momento se dice, porque ningún neurocientífico afirma semejante cosa, que esa diferencia, sobre la que hay evidencias y afecta a ciertos procesos cognitivos, y que sólo podría ser rebatida con argumentos científicos, sea ni peor ni mejor, sino que determinados estudios han osado afirmar que existen diferencias fisiológicas que hacen que, estadísticamente, en cada sexo haya cierta prevalencia hacía diferentes habilidades cognitivas.  

Sin entrar al contenido, porque creo que no hace ninguna falta, ya que la chorrada se comenta por sí sola, si hay algo que queda al margen de interpretaciones ideológicas, y no digamos “de la perspectiva de género” es el método científico. Cualquier afirmación científica contaminada de ideología o perspectiva de género no es ciencia, es un fraude, y entonces hablamos de otra cosa.  

Este feminismo ultramontano elevado a categoría de estupidez (¿no son conscientes del daño que hacen a la verdadera lucha por la igualdad?) establece dogmas, y resulta que recuerdan sospechosamente a aquellos debates de la religión sobre si la mujer tiene o no tiene alma (algo puesto en duda seriamente durante siglos por los teólogos).  

Yo, por ejemplo, tengo claro que las mujeres no tienen alma, y es que si nos atenemos a las evidencias no existe ni un sólo hecho observable que permita deducir que las mujeres tienen alma. (Habría que completar el razonamiento afirmando que tampoco los hombres, incluidos los teólogos que dedicaron su tiempo a discutir sobre tal cuestión).  

Que conste que, como pensador racional, estoy plenamente dispuesto a cambiar de opinión en cuanto me presente pruebas de la existencia del espíritu, pero estamos a la espera.  

http://www.outono.net/elentir/2018/09/24/una-feminista-llama-sexista-a-la-ciencia-por-demostrar-que-hombre-y-mujer-son-diferentes  

La segunda noticia, que enlaza con la primera, pero por el extremo contrario, también tiene su miga.  

Resulta que un alcalde socialista ha oficiado una boda civil vestido de cura, con una gran cruz, una “presunta Biblia” (lo de presunta Biblia tiene su cosa, porque una Biblia o es o no es y parece que nadie se ha enterado si el libro que portaba el alcalde-cura era una Biblia o una novela de Pérez Reverte, o vaya usted a saber qué), gafas de sol, y, todo ello, en lo que parece una finca particular -o arrendada al efecto-.  

Y, como no puede ser de otra forma -frase manida donde las haya- muchos se han ofendido.  

Yo me pregunto por qué. Se trata de un acto privado, por tanto, no cabe la ofensa general, como mucho cabría la ofensa de los asistentes, y aun así con matices. Cabría, eso sí, la ofensa de los contrayentes (cosa que el artículo pone en duda, al sugerirlo, pero no afirmarlo), que son los que se casan.  

Me cuesta creer que los novios no estuvieran de acuerdo con la peculiar puesta en escena, más que nada porque si a mi boda se presenta el oficiante vestido, por decir algo, de Bob Esponja, lo más probable es que le hubiera montado un pollo, denunciado y, con ello, tenido que ir a buscar atuendo más adecuado, que para eso es mi boda.  

No cuesta mucho deducir que los novios estaban en el ajo. Y si el resto o alguno de los asistentes se ofendió, cabían dos reacciones: ausentarse del acto seriamente agraviados (renunciando incluso a los langostinos), o moderadamente agraviados (ausentándose de la ceremonia, pero perdonando el convite, que para eso se habrán gastado el parné en una lista de bodas).  

Entendería, pues, la ofensa de los novios, si la hubiera habido, y hasta de los invitados, de haberse producido. Pero en esta sociedad que tanto se ofende, lo que no puedo entender es que se ofendan personas ajenas al evento con el argumento de que ha habido “burla de sus creencias”.  

Si el citado Alcalde se hubiese presentado disfrazado de Elvis Presley, ¿estarían los fans de Elvis rasgándose las vestiduras por la burla que supone hacía su ser adorado? Iba a decir que no, pero visto el panorama no me atrevo a descartarlo. Lo dejamos en “supongo que no”.  

ANIMUS IOCANDI

Creo que fue Sam Harris el que dijo que el gran acierto de las religiones no fue hacer que la gente creyera sus dogmas, sino extender de forma muy efectiva el pensamiento de que cuestionar o criticar cualquiera de sus postulados y liturgias es una ofensa y por tanto algo inaceptable…y punible.  

Es sorprendente que este mecanismo no se aplica al resto de opiniones y creencias. Nadie se ofende en lo más profundo (y si lo hace, sólo provoca la risa) porque critiquen o ridiculicen su forma de pensar en política, en deportes, en la dieta o en la interpretación metafísica de la física cuántica.  

Los terraplanistas (por hablar de gente que también cree cosas bastante estrambóticas) no han tenido tanta suerte de momento, ni la tendrán. Si dices que crees que la tierra es plana te califican de chiflado o gilipollas sin el menor rechazo social, lo mismo te ocurre si dices que crees en los enanos de jardín o en el dios Thor.  

Pero si dices lo que yo estoy diciendo ahora (es decir, que todo el mundo tiene el derecho a criticar las creencias de los demás, como así ocurre en todos los ámbitos de la vida, salvo la excepción religiosa), aunque lo haga sin ánimo de ofender como es mi caso, es seguro que encontrará alguien ofendido, y que esgrimirá el argumento de que va contra sus creencias más íntimas.  

Insisto: que a mi me da igual lo que crea la gente, que me parece estupendo que cada uno crea lo que le da la gana, pero de ahí a que tales creencias condicionen la manera de actuar de los demás en sus propios ámbitos, hay un trecho, y por ese trecho sí que no paso.  

Las religiones han sido, -siempre que la sociedad no lo ha impedido y nos ha costado unos miles de años que así sea – , especialmente hábiles a la hora de prohibir que quienes no profesen su fe se abstengan de manifestarlo o de actuar como les plazca.  

Lo han hecho habitualmente por métodos bastante sutiles, como anunciarte la condenación eterna, y, con frecuencia, por otros más directos, como cortar cuellos, tostar en la hoguera o terapéuticas sesiones de tortura.  

Como el humanismo se va imponiendo, eso de quemar infieles no está muy bien visto, así que se opta por el sentimiento de ofensa. Ofensa que la legislación, en ocasiones, convierte en delito.  

Y así llegamos a la curiosa conclusión de que feminazismo y religión, en sus esquemas mentales, a menudo se dan la mano, como es propio de cualquier pensamiento dogmático. Unos pretendiendo censurar a la ciencia porque no confirma sus prejuicios, los otros, haciendo algo parecido, como es pretender censurar la libertad de cada cual de pensar, afirmar o actuar como le da la gana.  

Por veinticinco pesetas la respuesta, cosas que ofenden al personal, como por ejemplo, vestirse de cura…un, dos, tres:

-vestirse de cura

-decir que los hombres y las mujeres tienen diferencias anatómicas…

https://www.esdiario.com/955987414/Un-alcalde-del-PSOE-se-burla-de-la-religion-y-oficia-una-boda-disfrazado-de-cura.html

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TAMBIÉN ES MEMORIA HISTÓRICA

Ahora que hemos conocido el merecidìsimo galardón concedido a José María Peridis, a quien orgullosamente conozco y en cuyo Programa de Empleo, el más importante de España durante muchos años, trabajé en muy interesantes proyectos, me vino a la cabeza lo siguiente: ¿cómo es posible que un intelectual y un investigador como Miguel Ángel García Guinea, cántabro, vinculado toda una vida a la ciudad de Santander, tantos años director del MUPAC, del Seminario e Instituto Sautuola, donde se formó la práctica totalidad de arqueólogos cántabros de las décadas actuales o recientes, no haya recibido el menor reconocimiento institucional?

Cierto es que sí lo hizo el Gobierno de Nacho Diego, otorgándole en el Parlamento de Cantabria el título de Hijo Predilecto de Cantabria. Pero es sorprendente que, por ejemplo,  Santander no haya nombrado una calle, un equipamiento cultural, o algo similar, con su nombre, o algo de ese tipo.

Para mi que a él le da lo mismo, pero retrata malamente los criterios de una sociedad que premia muy poco el talento y el trabajo, porque su obra en investigación paleolítica, protohistoria, en arqueología romana y prerromana, o el estudio exhaustivo del románico en Palencia y en Cantabria, la Enciclopedia del Románico, sus trabajos como pionero de la arqueología medieval, etc. etc., no tiene parangón en la investigación histórica y arqueológica de nuestra región.

Yo estudié en Valladolid, y para el profesorado de aquella Facultad era el referente de muchas de esas materias en Cantabria, y aqui, sin embargo, nada. Supongo que es el precio de ser incomodo y nada tiralevitas.

Qué méritos queremos reconocer en nuestra sociedad a través de su recuerdo, dice mucho sobre cómo somos y qué valores promovemos. Al muerto, en todo caso, fijo que se la trae al pairo. Pero a nosotros no debiera.

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SOBRE LA EUTANASIA, CUYO DEBATE SE ACERCA AL CONGRESO, (y va a traer cola).

https://www.20minutos.es/noticia/3377633/0/ley-eutanasia-congreso-diputados/

De todos los sinsentidos de la sociedad actual, y más demostrativos de hasta qué punto las creencias religiosas no sólo afectan al comportamiento de los creyentes, sino a los derechos de la sociedad en su conjunto, el debate sobre la eutanasia es el más clarificador.

La oposición a la eutanasia nace necesariamente de la moral religiosa que considera, sin mayor fundamento, que la vida es un don divino, y que sólo dios puede disponer de élla, aún a costa de contravenir en primer derecho de la libertad individual, como es el derecho a disponer de la propia vida. ¿Acaso existe un bien más privativo?, ¿es moralmente aceptable que otros, en función de sus creencias, puedan decidir sobre tu vida o impedir que pongas fin a un sufrimiento terminal? Para muchos, parece que sí.

Es terrible constatar que, en muchas ocasiones, los mismos que adoptan las posiciones más radicales contra la eutanasia (término cargado de connotaciones negativas hasta el punto de que se prefiere hablar de muerte digna, como si existiese algo que pudiéramos denominar muerte indigna), son los que apoyan la pena de muerte, violentando sus propios dogmas (“no matarás”), con la justificación de un supuesto bien social: el castigo.

Sin entrar a que no recuerdo que la Biblia hable de “no matarás, salvo en el caso de…”, también conviene recordar que, después de lanzar este mandamiento, los propios textos sagrados están llenos de apelaciones a matar al vecino, por ejemplo, si no respeta la festividad semanal, o a cometer genocidios lapidaciones, torturas y un largo catálogo de brutalidades. Vamos, que los textos sagrados son un sin dios de contradicciones, lo que no deja de ser sorprendente.

Volviendo al tema, yo entiendo que se precisa una regulación que recoja las plenas garantías de enfermos, familiares y personal sanitario. Puedo entender que haya médicos que, por sus convicciones, puedan acogerse a la objeción de conciencia, al igual que entiendo que aquellos casos en los que el enfermo no ha dejado constancia de sus voluntades previas, ni de su testamento vital, y se encuentre en una situación sobrevenida, la decisión pueda recaer en la valoración de los criterios médicos y la propia voluntad de las familias. Ahí sí que hay materia para una regulación plenamente garantista.

Ese tipo de situaciones exigen protocolos muy estrictos, ya que no disponemos de la voluntad explícita del enfermo. Ahí no queda otra que acudir a la valoración de los criterios médicos y la voluntad de los familiares, y eso, ciertamente, tiene su complejidad.

Pero hay casos ordinarios que exigen una regulación urgente, porque la ausencia de dicha regulación ampara situaciones de una crueldad intolerable y de una violación de los derechos del individuo absolutamente inaceptable. Y me refiero a los casos en los que la voluntad del paciente ha quedado explícitamente expresada bajo unos determinados supuestos.

Conviene recordar, porque a menudo se acude a esos ejemplos, que la eutanasia es un derecho exclusivamente personal. Que por tanto no obliga a ser aceptada por quien no la solicita fehacientemente. Esto es muy importante, pues, para introducir más confusión interesada en el debate, se suele aludir a las ejecuciones por criterios de eugenesia, cuando el concepto es absolutamente diferente: Se aplicó, por ejemplo, a personas con discapacidad en la Alemania nazi SIN TENER EN CUENTA LA VOLUNTAD DEL ENFERMO, sino exclusivamente la voluntad de un Estado criminal por depurar una raza. Eso tiene un nombre: asesinato y genocidio. Hay más ejemplos históricos en muy diversas culturas, pero el calificativo no puede ser otro: disponer de la vida de otra persona sin su consentimiento es asesinato, (salvo que, a falta de voluntad explícita, un criterio médico, bien fundado, demuestre que la situación terminal y el sufrimiento inherente aconsejen acudir a una sedación irreversible o al menos, tan profunda que pueda comprometer la vida del paciente). Esos son los casos de más difícil regulación, pero eso no significa que sean inabordables, ni que no puedan articularse las debidas garantías.

Pero hay casos muy claros, y son los que aquellas personas que exponen ante fedatarios públicos su voluntad de ser tratados, llegados a una situación terminal o de extremo sufrimiento, con sedación terminal. De hecho, es sumamente recomendable suscribir ante las autoridades sanitarias el “testamento vital”.

Es urgente e imprescindible una verdadera ley de cuidados paliativos que incluya una regulación de dicha sedación terminal, es decir, la denominada eutanasia (cuya sola mención eriza los pelos de mucha gente, pues ya se han encargado algunos de cargarle con todas las connotaciones negativas que han podido).

Todos asumimos con total normalidad que a nuestras mascotas no las vamos a condenar al sufrimiento irreversible, por mucho cariño que las tengamos; es más, precisamente ese cariño es el que nos obliga a tomar una decisión que es una decisión de amor, de verdadero auxilio. Pero incomprensiblemente, nos produce muchos dilemas morales permitir que una persona, en una situación similar, decida poner fin por propia voluntad a una situación irreversible o insoportable, que en la mayoría de los casos trata simplemente de acortar la agonía y adelantar un final predecible o inevitable. Yo creo que la vida humana merece mayor consideración, como también mayor consideración merece el evitar el sufrimiento a los humanos.

Cuál es el criterio que alimenta esa distinción es más que evidente y procede de la tradición religiosa: los animales no tienen alma, mientras que las personas algunos creen que sí, y el alma, es para ellos una especie de decodificador prestado por un ente supremo que es el verdadero propietario y, por lo que se ve, ha suscrito contrato de permanencia a perpetuidad. Poco importa que nadie haya visto un alma a lo largo de nuestros cientos de miles de años de historia evolutiva, ni haya aportado prueba al respecto sobre su existencia. Las almas, los gnomos y las hadas tienen la virtud de existir, pero no de ser vistos, ni percibidos, ni dejan nunca evidencia alguna que pruebe su existencia. Aún así son entes tan ilusorios como determinantes a la hora de legislar al respecto. El amigo invisible dispone de tu vida. Es una cosa muy loca.

En todo caso, deberíamos convenir que ese litigio no afecta a terceros, sino al cuerpo portador de tal supuesto don y a su donante divino. Allá ellos y que se entiendan, en el caso, más que improbable, de que el ser supremo le pida cuentas a las puertas del infierno, del limbo, del purgatorio o de la Tierra Media.

Va a ser muy ilustrativo este debate del Congreso, y aunque hay quien opina que es una cortina de humo, lo cierto es que es un debate no sólo necesario, sino realmente urgente. Ahí tengo verdadera curiosidad sobre cómo se va a mover la habitual ambigüedad de socialistas y la indefinición, también habitual, de Ciudadanos.

Si piensan que se juegan poco, que sepan que se juegan mucho, porque así como hay temas legislativos que nos pueden afectar o no, lo de morirnos o rabiar mientras te mueres, es una posibilidad mucho menos remota de lo nos gustaría pensar. He de reconocer que, lamentablemente, mi partido sí que es predecible y nada ambiguo, algo con lo que estoy en profundo desacuerdo, por lo que me acojo a mi libertad de conciencia para manifestarme al respecto.

Me rebelo con verdadera rabia ante quienes quieren imponer sus convicciones morales a quienes tenemos otras, y que, con ello, nos hagan pasar por un sufrimiento cruel, estúpido e innecesario. No se extrañen de que sea tan beligerante contra las religiones que se arrogan el derecho a decidir por mi sobre mi propia vida. Es una injerencia de todo punto inaceptable, porque mi vida es mía y yo asumo con total tranquilidad la responsabilidad de mis decisiones cuando incumben exclusivamente a mi persona.

A mí, desde luego, no se me ocurre decidir sobre la disposición de la vida de los demás, ni seré yo quien prive de morir tras espantosa agonía a quien así lo decida. Está en su derecho.

Lo que nadie tiene el derecho es a hacer pasar por ese trance a quien no lo desea, y, encima, lo ha manifestado de forma inequívoca. Por ahí no paso.

No digamos ya el hecho inconcebible de que la asistencia al suicidio, por mucho que tal voluntad esté expresada por el enfermo, está penada por la ley, y que existen casos en los que la propia familia, por cumplir con una obligación moral, de amor y caridad, puede arruinar su propia vida.

Así como todos entendemos que el derecho al aborto es muy diferente a la obligación de abortar, el derecho a poner fin a la propia vida en unas determinadas circunstancias no implica la obligación de que aceptar esa salida a quien no lo desea. Cada uno es muy libre de elegir su credo, pero en absoluto de imponérselo a los demás.

Y como es así, que desde luego lo es, ¿dónde está el problema?

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